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Cómo vivir con un hijo genio

Viernes 03 de Mayo de 2013 07:54:13 | ¿Qué hace una madre cuando los expertos le revelan que su hijo tiene un coeficiente intelectual (IQ) de 170, superando a Albert Einstein, que tenía 160? Un exitoso libro.

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¿Qué haces cuando se le diagnostica a tu hijo de dos años autismo y se te asegura que nunca podrá llevar una vida normal? ¿Y qué haces cuando, años más tarde, los expertos te revelan que ese mismo niño tiene un coeficiente intelectual (IQ) de 170, superando a Albert Einstein, que tenía 160?

Ninguna madre ha tenido que pasar por algo así, salvo Kristine Barnett, la madre de Jacob (conocido por su familia como Jake), considerado a sus 14 años como uno de los grandes genios del siglo XXI.

Por eso, la abnegada madre ha decidido recoger su experiencia al lado de su retoño en un libro que se publica esta misma semana, The Spark: a Mother’s Story of Nurturing Genius (Random House). No sólo eso, sino que Warner Bros. ha adquirido los derechos de su historia con el objetivo de trasladarla a la gran pantalla.

“Mi nombre es Kristine Barnett, y mi hijo Jake es considerado un prodigio en matemáticas y ciencia”, arranca en la introducción del libro. “Empezó a estudiar matemáticas, astronomía y física a nivel de universidad a los ocho años, y fue aceptado por la universidad a los nueve. No mucho después empezó a trabajar con la teoría de la relatividad”.

Por aquel entonces, el pequeño había comenzado a desarrollar una teoría que, si es capaz de desarrollar hasta sus últimas consecuencias, puede hacerle ganar el Premio Nobel, tal y como aseguran algunos de los astrofísicos más importantes del mundo.

Parece ser, por lo tanto, que Jacob lo tiene todo para triunfar en la vida. Sin embargo, cuando tenía tres años, los profesores consideraron que nunca aprendería a leer. No había pronunciado ninguna palabra hasta los dos años y sus padres comenzaron a pensar que quizá algo no marchaba bien. El diagnóstico inicial fue síndrome de Asperger y, a medida que pasaba el tiempo, la situación “fue de lo triste a lo desalentador”.

Las mejores expectativas, por aquel entonces, era que fuese capaz de atarse los cordones a los dieciséis años. Jacob pasaba las horas mirando fijamente un rincón de su casa de Indianápolis y, poco a poco, los atemorizados padres veían cómo perdían a su hijo. Kristine decidió, en ese momento, apartar su hijo de todo tipo de educación especial y afrontar su crianza únicamente desde su intuición. Y lo consiguió.

Concientes de que quizá no sería capaz de relacionarse de manera correcta, su madre decidió fomentar sus grandes aficiones, que eran las matemáticas y la astronomía, ya que pasaba horas y horas llenando folios (y ventanas) de ecuaciones y fórmulas que no tenían ningún sentido para sus padres. No se equivocaron. Poco después de que un diario local publicase la historia de Jacob, Kristine, profesora en una guardería, se vio superada por la reacción a la que dicho artículo dio lugar. Los orígenes de la familia eran humildes, quizá demasiado para ofrecer todo el apoyo que una persona con esas necesidades requeriría.

Kristine nunca había sospechado que su hijo pudiese levantar tanta expectación, por lo que decidió enviar a Princeton una cinta en la que Jake aparecía relatando su versión de la teoría de la relatividad. Recibió la respuesta favorable del eminente astrofísico Scott Tremaine que señaló que su teoría no sólo tenía todo el sentido del mundo, sino que además era de una originalidad sin parangón en las investigaciones contemporáneas.

Un genio desde los ocho años

Una de las peculiaridades de Barnett es que, a pesar de su autismo, su facilidad para explicar de manera sencilla lo más complejo resulta pasmosa. Por eso mismo, el pequeño ha decidido que de mayor quiere ser profesor, algo para lo que de todas formas no falta mucho. Todos sus compañeros dan por hecho que será uno de los grandes investigadores americanos del futuro reciente, ya que desde hace un par de años, ha publicado en algunas de las revistas científicas más importantes del mundo.

Jacob, no obstante, ha aprendido a desarrollar sus capacidades sociales con el tiempo: juega junto a sus amigos al videojuego Halo, le gusta ver películas y ya se ha echado su primera novia (aunque no siga con ella). Además, ha impartido charlas en el TED (en el ciclo TedxTeen talk) en las que, a cada palabra, contradice las poco halagüeñas perspectivas que se habían realizado sobre él. Es más, muchos de sus compañeros se sorprenden al descubrir que padece autismo. Se espera que salga por primera vez de los Estados Unidos este verano, con el objetivo de publicitar el libro.

No es sencillo cuidar a Barnett. Cuando se encuentra embebido en sus ecuaciones, es frecuente que se le olvide comer y no sienta la necesidad de dormir, algo que puede ser muy peligroso en el largo plazo. Sufre graves problemas de sueño y en ocasiones ha manifestado que no puede dejar de ver números en su cabeza. Sin embargo, los profesores, ante las reservas de la madre a la hora de enviar a su hijo a la Universidad, señalaron que sería muy contraproducente para él no desarrollar su talento, mucho más que las obvias dificultades que iba a encontrar durante su vida universitaria.

Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad

Una de las paradojas que más atormentan a Kristine, tal y como explica en el libro, es que siente una responsabilidad muy diferente a la de otras madres que la obliga a desarrollar el talento de su hijo, pero que sigue gozando de los mismos recursos que cualquiera, aunque haya fundado una organización de caridad, Jacob’s Place, con el objetivo de ayudar a niños autistas y a sus familias. “Somos una familia normal, así que todo esto es muy raro”, declaraba la madre.

Aunque Barnett ha avanzado en el largo camino de superación de sus problemas, principalmente gracias al autocontrol del que hace gala, reconoce que a veces determinadas situaciones le confunden. Curiosamente, el libro de la madre ha sido aplaudido por Sylvia Nasar, la autora de Una mente maravillosa (DeBolsillo), que contaba la historia de John Forbes Nash, el célebre matemático estadounidense que recibió el Premio Nobel de Economía después de ser diagnosticado con esquizofrenia. Una historia muy semejante a la del pequeño Barnett.

En la introducción del libro, Kristine cuenta una de las primeras experiencias de su hijo en la universidad, algo que causaba estupor e incomprensión entre sus compañeros. El episodio resume bien cómo es tratar con una persona como Jacob, tan brillante como contradictoria. En aquella ocasión, un profesor se acercó a la orgullosa madre del pequeño, y le dijo: “Señora Barnett, llevo tiempo queriendo decirle lo mucho que disfruto teniendo a su hijo en mi clase. Está sacando lo mejor de todos los alumnos; no están acostumbrados a ser superados de esa forma. Para ser honesto, ¡ni siquiera sé si voy a ser capaz de seguir su ritmo!” ¿Cuál fue la respuesta de la madre? “Oh, Dios mío, acabas de resumir la historia de mi vida”.


Fuente: http://informe21.com/actualidad/el-nino-mas-inteligente-que-einstein-visto-por-su-madre


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