Amigas de Paulina recuerdan la larga lucha contra el terror alperovichista

Lunes, 12 de Febrero de 2018 10:12

Juntas por siempre. Alejandra Navarrete (50) y Marcela Di Colantonio (41), compañeras de Paulina Lebbos en la carrera de Comunicación, en el auditorio que lleva su nombre. /LUCIA MERLE



No se acuerdan si eran 50 o 60. El impulso de la desesperación fue el motor, se sentían mil. Habían pasado dos días con Paulina Lebbos desaparecida. El fantasma de la trata y el caso de Marita Verón avivaron el miedo: tenían que encontrarla pronto. De la clase salieron como pudieron, con fotocopias con la cara de su amiga. Cortaron las calles, subieron a taxis y colectivos, pegaron carteles en los negocios y gritaron por Paulina.

Paulina Lebbos tenía 23 años, hacía alguna semanas había arrancado el tercer año de la carrera de Comunicación. Sus amigas recuerdan ese verano: retomaron los parciales y exámenes mientras el resto estaba de vacaciones. El sábado 25 febrero rindieron parcial de Publicidad. Aprobaron y la excusa era perfecta: Virginia Mercado (su amiga y compañera de la facultad) y Paulina aprovecharon esa mañana para planificar la salida de la noche. En el parque de la facultad, en las mesas de cemento, debajo de algún árbol, se citaron para salir.

No imaginaban que casi 12 años después -en ese patio- habría un mural homenajeándola.

“Nos enteramos el martes, dos días después de que desapareciera Paulina. Teníamos examen y cuando terminó la clase Virginia nos contó lo que había pasado y no sabíamos qué hacer. Nadie estaba hablando de eso, no salía en ningún lado. Nos dimos cuenta que si no salíamos a la calle, no la iban a buscar. El profesor nos dio impulso y fuimos”, recuerda Marcela Di Colantonio, que en 2006 tenía 29 años y cursaba con Paulina. Y sigue: “En ese momento no podíamos pensar en otra cosa que en un caso de trata, por lo de Marita Verón y las cosas que venían pasando. Empezó una psicosis con el tema de los remises. Teníamos miedo, no queríamos salir solas a ningún lado”.

Como pudieron, esa noche hicieron la primera marcha pidiendo por la aparición de su amiga. Era martes: desde entonces, “en San Miguel de Tucumán se marcha los martes”, dicen.

Hicieron cuatro manifestaciones antes de saber que Paulina estaba muerta. “No se veían protestas grandes en Tucumán. Pasaban y siguen sucediendo cosas, pero la gente se quedaba callada, nadie reclamaba o al menos no tantos. Nuestras familias no querían que fuéramos, tenían miedo porque no se sabía lo que podían hacernos. Había algunas chicas que tenían prohibido meterse y se escapaban a las marchas igual. Hubo mucha presión para que dejáramos de hacerlas, pero porque había mucho miedo”, rememora Alejandra Navarrete, que cuando desapareció Paulina ya era madre y temía por Victoria, la pequeña hija de su amiga y compañera, hoy de 17 años.

“Tengo muy presente el día que nos enteramos de que habían encontrado el cuerpo. Era un día gris y con mucha llovizna. Empezaron los rumores en la radio y estábamos mandándonos mensajes hasta que se supo”, recuerda Alejandra.

“¿Cómo seguimos después de esto? Esa era la pregunta que nos hacíamos, porque enseguida además nos enteramos del estado en el que apareció el cuerpo y era una angustia terrible. Pero también porque cuando le pasa algo así a alguien tan cercano, a una amiga, a una compañera, te das cuenta de que le puede pasar a cualquiera. Fue ella, pero podría haber sido cualquiera de nosotras”, lamenta Marcela.

“Yo pensaba en su hija. Salir a la calle, estar unidos con otros amigos, compañeros de la facultad, nos daba esperanza de que la íbamos a encontrar. Ella era mamá, saber que esa criatura se quedaba sin su madre, que no la iba a tener. La mamá de Paulina ya estaba enferma, no podía caminar y ella se esforzaba mucho para poder hacer todo lo que hacía... encima esto. Me provocó mucha angustia, mucha rabia. Fue una desesperanza total, cuando se sabe que ya está, que ya se sabe que está muerta y no hay nada para hacer… Fue terrible”, coincide Alejandra.

Paulina era de las mejores alumnas y responsables de su camada. Tenía buenas notas y se sentaba lo más adelante que podía en las aulas llenas de cada materia. En la sede de la Facultad de Filosofía y Letras, donde dictaban la carrera, pasaban las horas. “Nos juntábamos a tomar mate porque, como la carrera era nueva, teníamos horarios extraños hasta que se fue acomodando. Éramos muchos, de muchas edades, y Paulina era de las estaba todo el día en la facultad con nosotros. Sabíamos de sus dificultades, de su hija, seguir fue muy difícil”, describen las amigas de la joven.

Pero “lo que pasó con Paulina” -para sus compañeros- dejó un “legado”: ese primer paso impulsivo de salir a la calle a pedir por su amiga, se convirtió en un espacio para otras víctimas. “Salíamos con el megáfono y decíamos ‘Paulina, presente’, después ‘Marita, presente’, y cada vez se nos acercaba más gente que estaba sufriendo las mismas cosas y que no había encontrado un lugar para hacerse escuchar”, evoca Marcela que una vez quedó “afónica de tanto gritar pidiendo justicia”.

“Había una lista, en un papelito, y se leía con el megáfono, pero después eran más y más, no sé si llegaron a 100. Ya ahí se sumó Alberto Lebbos (el papá de la víctima) y se armó otra cosa, pero para nosotros es importante recordarlo porque no pudimos encontrar a Paulina viva, pero al menos logramos algo que perduró”, concluye Alejandra.

Las marchas de los martes se convirtieron en el puntapié inicial para que se formara la “Asociación de familiares de víctimas de la impunidad en Tucumán”, que tiene más de 100 causas sin resolución. Cada primer martes del mes siguen marchando para pedir justicia y el día del inicio del juicio hicieron la número 600.

Fuente: https://www.clarin.com/policiales/amigas-paulina-lebbos-podria_0_SkV8_4CUf.html