Julio Bocca mostró las cicatrices de una vida dedicada a la danza

Sábado 29 de Noviembre de 2025, 00:14

Julio Bocca habló con Mario Pergolini sobre la exigencia en el ballet.



El silencio del estudio apenas dejaba oír el murmullo de los panelistas. En el centro, sereno y firme, Julio Bocca imponía su presencia. El legendario bailarín argentino fue el invitado de este jueves en Otro día perdido, el ciclo conducido por Mario Pergolini, y su testimonio terminó siendo una radiografía brutal —y a la vez luminosa— de la exigencia en el mundo del ballet.

Desde el inicio, la palabra clave sobrevoló el ambiente: exigencia. “La exigencia siempre fue, sobre todo si querés llegar a un nivel y estar entre los mejores”, dijo Bocca con esa honestidad que solo puede tener quien se formó en los escenarios más prestigiosos del mundo. Pergolini fue directo al hueso y preguntó si esa dureza venía del método ruso o de una escuela inflexible, pero Bocca no dejó margen para interpretaciones: “Es una carrera que vos elegís. Nadie te obliga a hacerlo”.

El conductor intentó alivianar: “Ya me estás dando miedo por cómo me lo decís. Mirá, nene, ¿querés bailar? Bailá”. Bocca sonrió y devolvió la idea central: “Vos lo elegís y lo disfrutás”.

Y llegó el tema inevitable: ¿hubo golpes o maltrato? Las viejas historias del Teatro Colón, cargadas de mitos, parecen sobrevivir a cualquier desmentida. Bocca fue contundente: “Nunca me pegaron a mí. Nunca en el Colón. No era así”. Sí recordó a una maestra que usaba megáfono —su herramienta de rigor—, pero jamás una agresión física. La disciplina existía, la violencia, no.

En ese repaso por sus inicios, evocó a su maestro alemán, aquel que, a los 21 años, lo dejaba listo para bailar tres horas seguidas. “Me ponía en estado, salía confiado. Disfrutaba lo que hacía”, señaló. Y dejó una reflexión para estos tiempos: “Nunca fue así de maltrato. Sé que hubo otros y había que cambiar eso. Y ahora, ya es como que nos vamos para el otro lado”. ¿Cómo exigir sin lastimar? ¿Cómo corregir sin cruzar límites que parecen correr cada año?

La charla se volvió más cruda cuando Pergolini le preguntó por las lesiones. “¿Tuviste la suerte de que tu físico te acompañó o sufriste un poco?”, lanzó. La respuesta abrió un catálogo de cicatrices. “La primera operación fue en el 86… se me fisuró el menisco. Me hicieron un estudio, la aguja estaba sucia y me infectaron la articulación”, relató sin dramatismo, casi con resignación.

Luego enumeró otras intervenciones: cuatro operaciones en la rodilla, ligamentos del pie, una costilla, dos dedos. Sus rodillas, comparadas en la mesa con las de exfutbolistas como Batistuta, contaban su propia historia. “Y yo como un boludo diciendo: ‘Estuviste bien toda la vida, ¿no?’”, bromeó.

La anécdota de los dedos llamó la atención de los panelistas: una resina usada por una bailarina, un giro torcido, y la fractura. “¿Seguiste bailando?”, preguntó Pergolini. “Y… si estás en función, sí”, respondió Bocca. Un poco de cinta en la pausa, el dolor escondido bajo el vestuario, y otra vez a escena. El show debía continuar.

Entre risas, curiosidad y silencios necesarios, Bocca dejó algo claro: detrás de la leyenda hay un hombre que eligió entregarle todo al arte, incluso su cuerpo. La pasión, la disciplina y las cicatrices forman parte del mismo relato. Y escuchar a Julio Bocca es comprender que el ballet no solo se baila en los escenarios, sino también en cada marca que queda grabada para siempre.