Sábado 29 de Noviembre de 2025, 09:22
Apenas se abre el portón verde, el ex zoológico de Luján impacta por su abandono. Un abismo entre lo que fue y lo que queda. El aire es espeso, una mezcla de humedad y tierra vieja, y el silencio se corta cuando una cabra y un camello aparecen de golpe entre el pasto, como si estuviesen custodiando el lugar.
Todo parece detenido en el tiempo: autos y camiones oxidados sobre el costado del sendero, carteles desgastados, y muchas jaulas vacías que aun inquietan. Así empieza la travesía por el ex zoológico, donde mandan 62 felinos, dos osos y un puñado de animales que todavía resisten en el predio.
A unos 200 metros de la entrada asoma una carpa blanca. Todo un símbolo ante la desolación del lugar.
Adentro, 15 especialistas de Four Paws, una organización internacional por el bienestar animal, llevan adelante una misión sin precedentes en el mundo: el rescate de tantos felinos.
No hay tiempo para saludos ni protocolos. Acaban de hacerle un chequeo veterinario y ahora la llevan a un jaulón para que despierte, de a poco, y lejos del resto.
“Si los otros la ven débil, pueden atacarla”, explica el Dr. Amir Khalil, el líder de la misión en Argentina.
Todo parece detenido en el tiempo: autos y camiones oxidados sobre el costado del sendero y muchas jaulas vacías que aun inquietan.El 23 de octubre se revisó al primer animal. Un tigre con una herida enorme en la cabeza y otra en la pierna. “Los animales luchaban por comida en un lugar pequeño”, cuenta Amir. Jaulas pequeñas, candados oxidados, caminos llenos de barro. Cada rincón del zoológico muestra señales claras de una desidia sostenida en el tiempo.
“Hubo muchos leones a los que tuvimos que hacerles amputación de las colas por peleas y enfrentamientos entre ellos”, cuenta Luciana D’ Abramo, directora de Programas y miembro del consejo ejecutivo de la organización Four Paws.
Se continúa viaje en 4x4 en busca de otros dos animales que esperan la revisión veterinaria. El olor a tierra y excremento va y viene como ráfagas. Al final del camino hay un corredor angosto, con jaulas de apenas tres metros por dos, a 150 metros de la carpa.
En cada una se amontonan tres o cuatro tigres y leones.
“Los animales sufren, necesitan caminar 40 kilómetros por día en la jungla. Estos animales no pueden ir a la vida salvaje”, explica Amir.
Los animales gruñen, saben que los están observando. No es un grito aterrador, sino un pedido de libertad. Algunos están extremedamente delgados, otros muy gordos. Las medidas de seguridad casi no existen, es un milagro que ninguno se haya escapado.
Siete personas del equipo de Four Paws revisan a una leona del ex zoológico de Luján. Una de las veterinarias, Julia Bohner, se acerca con un dardo anestésico, lo tira desde afuera de la jaula. Las leones tarda 20 minutos en dormirse. Varias personas lo sacan con cuidado hasta la camioneta. Una vez en la carpa los pesan y acomodan en dos mesas listas para la acción. “Animal 51 y 52”, anuncia alguien del equipo.
Un tablero al costado de las mesas resume sus vidas en datos: nombre, edad, peso y la lista de controles que incluyen ultrasonidos, dientes, garras, ojos, sangre, orina, microchip, vacunas, medicación.
Ahí arranca el trabajo. Siete personas por animal lo revisan de forma exhaustiva. A muchos los encontraron sin garras, se las sacaron para evitar peleas. “Una garra para un animal es como un dedo para un humano. Se les dificulta comer”, dice Amir. Y agrega: “Muchos animales ahora están más tranquilos porque eliminamos su dolor de dientes con una cirugía. Es muy importante para la vida del animal”.
El ultrasonido revela que la leona 52 tiene problemas renales, probablemente por una dieta pobre en nutrientes. “No hay medicación para una enfermedad de riñón, es crónica y se necesita una dieta especial”, explica Julia Bohner.
Un tablero al costado resume sus vidas en datos: nombre, edad, peso y la lista de controles que incluyen ultrasonidos, dientes, garras, ojos, sangre, orina, microchip, vacunas, medicación. Más adentro, el predio se vuelve un laberinto. Los árboles taparon los carteles del zoológico que lleva cinco años clausurado. Cada tanto aparecen objetos antiguos dignos de una película de terror: autos y camiones abandonados, tractores y maquinaria de campo oxidada.
Para llegar a los osos Gordo y Florencia hay que pasar por una casona cerrada y caminar por un sendero que casi nadie transita. Están lejos del resto, encerrados en jaulas aun más chicas que la de los tigres y leones. Se los ve fastidiosos y cansados. No tienen espacio para moverse o recorrer, aunque su destino está por cambiar.
La organización ya les encontró un santuario de osos llamado Belitsa, en Bulgaria, y están organizando los papeles para su traslado. Así se llama a estos lugares ubicados en plena naturaleza que permiten que los animales vivan tranquilos, con espacio y cuidados especiales. Gordo y Florencia serán los primeros osos en llegar a Bulgaria por avión.
“Abrir la jaula de transporte hacia el santuario es de los momentos más maravillosos del trabajo que hacemos. Es mágico”, dice Luciana. Por su delicado estado de salud, los osos ya pasaron por el chequeo médico. Gordo pesa 350 kilos y hubo que ajustar su alimentación.
“No podemos ser ingenieros de la naturaleza”El recorrido sigue ofreciendo postales que llaman la atención; leones y tigres conviviendo. “Es muy inusual, porque en la naturaleza los tigres vienen de Asia y los leones de África. Las probabilidades de que se junten, mezclen y convivan es muy baja”, explica Luciana.
El zoológico de Luján permitió durante años que se reprodujeran hasta llegar a la enorme cifra de 110 felinos. Aunque también recibían animales de otros lugares. Luego, se tomó la decisión de separar a los machos de las hembras.
“Cuando ingresamos había un esfuerzo por prevenir la cría, estaban separados y eso ayudó a que no encontráramos animales de uno, dos o tres años. Los más jóvenes tienen seis años”, describe Luciana.
Antes de Four Paws, casi la mitad de ellos murieron por peleas o problemas médicos. La foto más buscada del zoológico de Luján era con el león dentro de la jaula. La gente podía tocarlos, acariciarlos sin protección.
Llegaban desde Brasil, Perú y países de la región con el objetivo de sacarse fotos, darles de comer o interactuar con pequeños felinos o montar la elefante Shamira, que falleció a los pocos meses de la clausura del zoológico en pandemia. "Era famoso por permitir el contacto directo con animales”, explica Luciana.
El polémico predio, ubicado sobre el kilómetro 58 del Acceso Oeste, fue denunciado en muchas ocasiones por maltrato animal, aplicaciones de tranquilizantes y extermino. El zoo abría de lunes a lunes y siempre estaba lleno.
“Nos encontramos con un número inmenso de animales, lo que nos da esperanza es pensar que por lo menos ellos van a ser embajadores de todo lo que sufrieron los otros para que haya un cambio de conciencia”, dice la directora de Four Paws.
Hoy ningún santuario del mundo puede recibir tantos felinos a la vez. Los permisos de importación son estrictos y cada especie necesita un espacio real, que no implique el mismo encierro. “Tenemos que asegurarnos que de verdad sea una vida mejor”, resume Luciana.
En los santuarios de Four Paws no hay cría de animales. Incluso, los machos son castrados. “Si rescatamos animales de cautiverio es para que ellos tengan la mejor posible vida y que sean los últimos de sus familias y generaciones que vayan a necesitar este tipo de cuidado”, explica.
“No seamos solo una curita”Four Paws es una organización mundial que ayuda a animales que estuvieron bajo la influencia humana. Ya habían trabajado en Argentina, pero nada se asemeja a esta misión. Tras aquellos rescates dejaron en claro que sin un marco legal no volverían.
“Queremos acompañar a la Argentina en este cambio pero no sólo rescatando, sino también con cambios legislativos, controles. Que no seamos solo una curita, que venimos a hacer un rescate y después aparecen 20 a 100 más porque se siguen criando, traficando y explotando”, explica Luciana.
Y agrega: “Nos llevó casi dos años que nos dieran acceso, hasta que en julio de 2025 firmamos un acuerdo de cooperación con la Subsecretaría de Ambiente. Ojalá hubiera sido antes, porque hubieran sido más animales”, lamenta.
Desde el 1 de septiembre, Four Paws está a cargo del lugar. En noviembre completaron los chequeos veterinarios y ahora llega la etapa más compleja. Encontrar destino para los 62 felinos, organizar traslados y garantizar que cada uno llegue a un santuario que realmente pueda recibirlo. “Hasta que se vaya el último animal va a haber gente de nuestra organización”, cierra Luciana.
Una historia marcada por denunciasDurante años, el zoológico de Luján fue uno de los atractivos turísticos más polémicos de Argentina por su propuesta de “contacto directo” entre visitantes y animales salvajes. En sus jaulas se podían alimentar o incluso tomarse fotografías con leones, tigres y otros ejemplares exóticos, una práctica que generó denuncias de organizaciones y especialistas en bienestar animal.
Las primeras advertencias llegaron en 2019, cuando el Ministerio de Ambiente dijo que el establecimiento violaba la normativa provincial que prohíbe el contacto directo entre el público y los animales. Pese a los precintos colocados para impedir el ingreso a jaulas y recintos, las inspecciones demostraron que los visitantes seguían accediendo a los espacios restringidos.
Con la llegada de la pandemia, y tras una nueva recorrida en agosto de 2020, el Ministerio detectó más de 600 irregularidades, entre ellas falta de identificación de especies, inconsistencias en el registro de altas y bajas, sospechas de traslados o muertes no declaradas, maltrato animal y la supuesta utilización de sustancias para mantener tranquilos a los animales. Fue entonces cuando se decidió la clausura del predio y se abrió el debate sobre el futuro de este espacio y de los animales. /
Clarín