Sábado 29 de Noviembre de 2025, 11:53
Osvaldo Jaldo emerge en el nuevo escenario legislativo como uno de los gobernadores con mayor capacidad de influencia en un Congreso fragmentado y sin mayorías claras, donde la puja por la tercera minoría se transformó en el punto neurálgico de la negociación política nacional.
La reconfiguración parlamentaria posterior a las elecciones dejó a Javier Milei sin una base sólida para avanzar con su agenda y al peronismo sumido en su crisis más profunda en décadas. En ese vacío de conducción, los gobernadores volvieron a ocupar un rol central como articuladores de acuerdos, proveedores de gobernabilidad y custodios de los intereses provinciales. Entre ellos, el tucumano Jaldo se posiciona como un interlocutor clave para la Casa Rosada y un actor de peso en la construcción de un nuevo bloque federal capaz de inclinar la balanza legislativa.
La dinámica del Congreso explica este ascenso. La Libertad Avanza quedó cerca de la primera minoría con los últimos movimientos de diputados provenientes del PRO, pero aun así se encuentra lejos del quórum. Fuerza Patria, debilitada por tensiones internas y la posible salida de los catamarqueños, podría perder incluso la segunda minoría. El PRO se achica. Juntos por el Cambio ya no existe. Y los bloques menores se alinean según la fuerza de sus gobernadores. En ese escenario, la disputa por constituirse como la tercera minoría adquiere una dimensión estratégica: el bloque que alcance ese lugar será el árbitro entre los libertarios y la oposición dura.
Dos movimientos paralelos avanzaron en esa dirección. Uno es Provincias Unidas, impulsado por Martín Llaryora, Maximiliano Pullaro, Ignacio Torres, Carlos Sadir y Claudio Vidal, que intenta proyectarse como un espacio de centroderecha con identidad propia. El otro es el emergente bloque del norte, que reunió en la Casa de Salta a Gustavo Sáenz, Raúl Jalil y Osvaldo Jaldo y que podría absorber a diputados de Misiones, Santiago del Estero y eventualmente a los ex libertarios de Coherencia y el MID. Este último armado es el que demuestra un potencial más inmediato para proyectarse como fuerza dialoguista y pragmática ante la Casa Rosada.
En ese segundo grupo, Jaldo ocupa un lugar diferenciado. No sólo gobierna la provincia más poblada y con mayor estructura política del norte, sino que también posee un control disciplinado sobre sus diputados, algo escaso en un Congreso donde la fragmentación interna se volvió norma. La tradición verticalista del peronismo tucumano, sumada a la capacidad de construcción territorial que desarrolló Jaldo primero como vicegobernador, luego como presidente de la Legislatura y más tarde como jefe de una coalición peronista en transición, lo convirtió en un dirigente capaz de garantizar votos, ordenar posiciones y sostener acuerdos sin ruidos.
Su vínculo institucional con la administración Milei se consolidó de manera silenciosa. Mientras otros gobernadores peronistas alternaron entre la crítica pública y la negociación privada, Jaldo apostó desde el inicio a un estilo de baja tensión, gestionando recursos, obras y compromisos fiscales sin sobreactuar confrontaciones. La Casa Rosada lo identifica como un gobernador pragmático, confiable y con alta capacidad para entregar gobernabilidad en los momentos clave, sobre todo ante la inminente discusión del Presupuesto 2026 y el eventual retorno de reformas estructurales.
La reunión en Salta fue el primer paso hacia un nuevo esquema federal que busca equilibrar la balanza entre la Casa Rosada y la oposición. Allí, Jaldo se mostró junto a Jalil y Sáenz en un armado pensado para representar a las provincias del norte en un período donde la redistribución de recursos, los subsidios al transporte, la continuidad de las obras públicas y la asistencia a los sistemas sanitarios provinciales estarán en debate. Los mandatarios saben que solos pierden poder frente al Ejecutivo nacional; unidos, pueden convertirse en un actor imprescindible. Si este interbloque finalmente suma a los seis diputados ex libertarios, podría alcanzar los veinte miembros y disputar mano a mano la tercera minoría con Provincias Unidas.
En ese marco, la figura de Jaldo adquiere un peso adicional, porque Tucumán funciona como un polo político en la región y porque el gobernador tucumano tiene una habilidad singular para moverse entre dos aguas: pertenece a un peronismo que mantiene rasgos tradicionales, pero al mismo tiempo se muestra como uno de los mandatarios más dialoguistas del país. Esa dualidad lo vuelve especialmente atractivo para la Casa Rosada, que necesita socios estables para avanzar con su agenda, y para los gobernadores del norte, que encuentran en él un articulador con llegada directa al poder central.
La combinación de experiencia legislativa, control territorial y pragmatismo político hace que Jaldo se proyecte como uno de los gobernadores con mayor capacidad de influir en el rumbo del Congreso. Mientras Provincias Unidas intenta consolidarse como contrapeso del oficialismo desde un perfil institucional moderno, el bloque del norte construye un perfil más directo, menos ideológico y más anclado en las necesidades concretas de las provincias. En esa arquitectura, la figura de Jaldo aparece como el puente capaz de unir necesidades provinciales y demandas nacionales.
En un país sin mayorías claras, donde el peronismo atraviesa un cambio de ciclo y la oposición tradicional se desdibuja, los gobernadores vuelven a ser los depositarios del poder real. Y entre ellos, el tucumano se posiciona como un árbitro capaz de inclinar decisiones clave, un negociador que entiende el timing político y un interlocutor que la Casa Rosada escucha con atención. En el nuevo escenario federal que emerge, Jaldo no sólo gana centralidad: se transforma en una pieza indispensable para la gobernabilidad que Javier Milei necesita y para la supervivencia política de un norte que busca hacerse oír en el Congreso con voz propia.