Sábado 29 de Noviembre de 2025, 17:54

El Malevo, junto a su pareja, en el momento de salir de los Tribunales para subirse a un vehículo y escapar.
La jornada del 14 de diciembre de 1993 en los tribunales de San Miguel de Tucumán quedó marcada como uno de los episodios más graves en la historia institucional de la provincia. Aquella tarde, mientras caía la noche sobre la capital tucumana, se desarrollaba la etapa final del juicio oral y público contra el comisario Mario Oscar "El Malevo" Ferreyra, acusado por el triple homicidio de Laguna de Robles ocurrido en 1991, donde habían sido ultimados José Menéndez, Hugo Vera y Ricardo Andrada.
El ambiente en la sala de audiencias del Pasaje Vélez Sarsfield era de extrema tensión, ya que todos los indicios jurídicos anticipaban una condena a prisión perpetua inminente para el ex jefe de la Brigada de Investigaciones.
Pasadas las 20:00 horas, cuando el tribunal se disponía a formalizar la detención tras los alegatos, Ferreyra ejecutó una maniobra que paralizó el recinto. Ante la mirada de jueces, abogados y público presente, extrajo de entre sus ropas una granada de guerra modelo FMK-2 y, tras quitarle el seguro, la presionó contra su cuello amenazando con detonar el explosivo si alguien intentaba detenerlo.
La imagen del acusado con camisa oscura, y acompañado por su joven pareja y otros policías, sosteniendo el artefacto explosivo quedó registrada por los fotógrafos presentes, documentando la impotencia de las fuerzas de seguridad que, ante el riesgo de una masacre en un edificio cerrado, recibieron la orden tácita de no abrir fuego.
Aprovechando la confusión y la oscuridad de la noche que ya cubría la calle, Ferreyra abandonó el edificio caminando hacia el exterior, donde abordó un automóvil Renault 18 que lo aguardaba encendido y emprendió la huida con rumbo desconocido, burlando el cerrojo policial inicial.
El escape dio inicio a una búsqueda que se extendió durante 79 días, tiempo en el cual el prófugo logró mantenerse oculto gracias a una red de complicidades en zonas rurales y presuntos apoyos dentro de la propia fuerza policial. La investigación finalmente ubicó su paradero el 3 de marzo de 1994 en la localidad de Zorro Muerto, un paraje rural situado en el departamento Pellegrini de la provincia de Santiago del Estero, cerca del límite con Tucumán.
En la madrugada de ese día, un operativo conjunto de fuerzas especiales y Gendarmería Nacional rodeó la precaria vivienda donde se refugiaba. Al percatarse del cerco, Ferreyra inició un enfrentamiento armado resistiendo el arresto, lo que derivó en un intenso tiroteo durante el cual resultó herido, presentando manchas de sangre en su camisa y rostro que luego serían visibles en las fotografías de su detención.
La resolución del conflicto requirió una intervención política directa del entonces gobernador de Tucumán, Ramón "Palito" Ortega, debido a la desconfianza manifiesta de Ferreyra hacia la policía provincial, a la que acusaba de querer asesinarlo bajo la apariencia de un enfrentamiento. Desde la Casa de Gobierno, Ortega monitoreó las acciones y estableció comunicación con los mandos de Gendarmería Nacional para garantizar la integridad física del prófugo, ordenando que fuera capturado con vida y bajo custodia de fuerzas federales.
Esta gestión fue determinante para la rendición de Ferreyra, quien finalmente depuso su actitud y se entregó a los gendarmes. Las imágenes de esa mañana mostraron el contraste definitivo con la escena de los tribunales: el hombre que meses atrás amenazaba con una granada aparecía ahora reducido, herido y custodiado por efectivos federales, siendo trasladado inmediatamente al penal de Villa Urquiza para el cumplimiento de su condena.
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