Miércoles 05 de Septiembre de 2018, 20:44
Nacho Ruiz tenía 9 años cuando conoció Santiago del Estero. Su viejo Manuel es de ahí. Y ahí empezó a escuchar palabras que para un chico de Buenos Aires eran extrañas, distintas y sobre todo bien graciosas. En aquel verano del 98 no había ningún Nahuel Mutti cantando “Nada nos puede pasar”, pero sí una anécdota que Nacho recuerda que pasó: “Estábamos en la casa de mi familia y cayó un vecino, aplaudió en la puerta, entró descalzo con una lámpara a kerosene y empezó a espantar. Me cagué de miedo y volví metido en la guantera del auto de mi viejo”.
Con el correr de los años, Nacho Ruiz superó el trauma de aquellas vacaciones y se reencontró con el calor norteño y esas palabras extrañas en otro contexto. Más precisamente en un teatro con un tucumano al que ya había visto en youtube y en la televisión, el que lo hacía, en términos de la RAE, cagarse de risa y también con margen para lo que no le gustaba: “Me acuerdo que lo ví en Bendita una vez y de repente no era tan tucumano. Hablaba medio neutro. Y el yeite para nosotros es escuchar cómo habla. El porteño es especial. Cuando volvió al origen, al tucumano básico, la rompió”.
Nacho Ruiz es amigo de Ramiro Blanco hace ocho años. Ramiro es tucumano, tatuador y le presentó el mundo del Oficial Gordillo. Una noche en alguna pulpería de San Fernando, en Victoria, cerca de la cancha de Tigre, Nacho y Ramiro estaban viendo los videos de Miguel Martín y salió el desafío: “¿A que no te animás a tatuarte al Oficial Gordillo?”. Video va, video viene, fueron a la casa de tatuajes en Palermo, Nacho peló la pierna derecha y Ramiro cargó la aguja de tinta: “¿Vos viste cómo quedó? Está espectacular. Le salió increíble. Eso sí: la idea de ponerle el sánguche de milanesa fue mía”.
Como puede apreciarse en las imágenes que ilustran esta historia, debajo de la cara de Gordillo con la gorra azul que dice Polesía y las gafas que reflejan el mundo que el actor ha sabido interpretar como nadie, bueno, ahí está el chegusán que en principio sería completo con lechuga y tomate. Ahora bien, ¿qué dice nuestro tatuado? “Le metí el sánguche porque es como dice él en el show: acá son cosas muertas, sin vida, detrás de una heladera, con pan francés que la costra te lastima el paladar. No son como los de mi vieja Marta Teresita, caseros, riquísimos”.
Víctima del bolsillo, Nacho quería mostrarle el tatuaje a Miguel Martín. Pero no tenía una. Sin querer queriendo, se creó una cuenta de Instagram y la noticia de un tatuaje llegó al Oficial: “Nos invitó gratis con Ramiro y nuestras Jéssicas Judiths. Esperamos en la puerta, pasamos a ver el show y me hizo subir. Hasta ese momento no había visto el tatuaje. Arriba del escenario, me pidió que se lo mostrara, se acercó a verlo y me dijo: ‘Qué te has hecho, culiao…’ Se vino abajo el teatro”. Dato importante para nuestros lectores: cuando Nacho Ruiz dice, con permiso de la RAE, culiao, lo dice bien, como nosotros. No dice culeado o culeao. Sabemos que es difícil imitarnos, pero a Nacho le sale bien, muy bien.
Y la nota continúa con ese viento a favor: “Casi todas las palabras las entiendo. La mayoría. Hay cosas geográficas que no sé. Como cuando dice la Mate de Luna y supongo que es una calle de Tucumán. Pero después me río muchísimo. Miguel es un capo, muy humilde. Y tiene la capacidad para contar cosas que a todos nos pasaron como cuando habla del baño en el boliche, de nuestros hijos que hablan en neutro como los míos que miran Discovery Kids, o la Essen para las madres, la crianza, la vieja, el golpe, cuando se muere el abuelo. A mí me gusta el stand up pero él es único en lo que hace”.
De vuelta al escenario, el tatuaje de Ramiro Blanco y su casa de tatuajes llamada Death or Glory, también la rompió: “Los de las primeras filas se paraban para verlo, a la salida me pedían que se los mostrara y en el Instagram de Ramiro se agregaron más de 150 personas. Capaz alguno más se lo tatúa”, cierra Nacho Ruiz, que se despide con otra anécdota de lo que pasó ya en el camarín de Miguel Martín: “Estaba contento con el tatuaje. Y me regaló una docena de empanadas. Eran de catering, estaban muy ricas. Pero lo mejor fue que quedamos en viajar juntos a Tucumán. Ahí vamos a ir y a probar los sánguches de milanesa y las empanadas tucumanas. Ahí vamos a ir porque esto es lo que me queda del tatuaje que me hice: lo único que nos llevamos es el momento, compartir un asado con el amigo, ver los videos de Gordillo, nadie me saca haber vivido ese momento en el escenario. Lo tengo tatuado. Ya tengo algo para contarle a mis hijos”.