El dólar descontrolado: “Un buen momento para comprar un Mercedes”

Lunes, 19 de Octubre de 2020 21:05

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Por Pablo Vaca
Clarín

Sábado previo al Día de la Madre, en un local de ropa de un barrio porteño de clase media. La dueña, consultada por el precio de un pantalón, toma la etiqueta y hace una cuenta en la calculadora. Sonríe, sorprendida por el resultado. Dice: “No puede ser, te voy a hacer el 20”. Hace otra cuenta y vuelve a sonreír, ahora incómoda: “No, no puede ser tampoco, te voy a hacer el 40”. Explica, como pidiendo disculpas: “Es importado”.

Un día antes, en el coloquio de IDEA, el ministro Martín Guzmán había dicho: "El blue y el contado con liquidación son dos dólares que no importan de forma directa en la economía sino sobre las expectativas. Esos tipos de cambio están en valores que no representan la realidad argentina".

¿Cuál es la realidad argentina? ¿La expuesta por el ministro ante los empresarios o la de la dueña del pequeño local de ropa, que no sabe si fundirse por vender su mercadería más barata -en dólares- de lo que la pagó, o si fundirse por vender tan caro para salvar costos que espantará a sus clientes?

La del dólar blue es una canción que sabemos todos. El estribillo dice así: si ponés la plata en verdes, tarde o temprano vas a seguir el ritmo de la inflación, y si la dejás en pesos vas a perder, o peor, te la van a confiscar. Es un hecho: el dólar nunca bajó, salvo un breve período tras la salida de la convertibilidad, cuando tocó los $4 y terminó estabilizado en $2,86. El resultado es que los argentinos tienen más de 220.000 millones de dólares guardados. La mayor parte, en efectivo y en el colchón. No es poco: el 10% de todos los dólares en billete del mundo están en manos argentinas.

El estropicio que implica para la economía el blue a $181 es tan obvio como la tabla del 2. Desde inmediatos faltantes de stock en todo aquello que tenga una pieza importada en su interior hasta sobreprecios por las dudas en todo lo demás. Pasando, también, por auténticos absurdos. Por ejemplo, un Mercedes-Benz C200, clásico de la marca alemana, tiene un precio de lista de US$ 58.500 (oficiales). Es decir, se abona $4.826.250 en ventanilla, incluidos el “impuesto al lujo”, que eleva el valor un 53%, y el 35% de arancel de importación. Parece mucho y es mucho. Sin embargo, si uno va con “blues” a una cueva, basta con llevar US$ 27.000 para alcanzar la misma cifra. Es Estados Unidos hay que poner US$ 41.000. Gangas así -situaciones similares se dan con otros objetos de alta gama, desde celulares a heladeras- no se ven todos los días.

Aunque sólo pueden aprovechar este fenómeno quienes tengan guardados varios fajos gordos de verdes, no es nuevo que resulten tan beneficiados en un gobierno K.

En el rubro automotriz, de hecho, nunca olvidarán 2013, pleno segundo mandato de Cristina Kirchner. Resultó el mejor año en ventas de 0km de la historia, se patentaron 955.023 vehículos. Pero las que más crecieron fueron las marcas de lujo. Mercedes-Benz aumentó sus ventas respecto a 2012 un 54,5%; Audi, 19%; BMW, 81%; Alfa Romeo, 149%; Volvo, 44%; Land Rover, 158% y Porsche, 73%. La brecha entre el blue y el oficial, ese año, fue en promedio del 65%, con un pico del 100% en septiembre. Ahora, recordemos, canta 133% y en ascenso.

Las causas de ese abismo tampoco son un misterio que sólo puedan develar profesores de la Universidad de Columbia. Básicamente tiene que ver una palabra que repitieron todas las columnas de análisis económico y político de los últimos días: confianza. La falta de ella en quienes gobiernan, más precisamente. Una encuesta de Reale Dallatorre Consultores refleja que un 50% de la gente no le cree nada a Alberto Fernández, cifra en la que colabora haber llegado a un millón de contagiados por coronavirus tras una cuarentena dictada hace siete meses con 128 casos confirmados. Y un 66% no le cree a Cristina (a Macri no le cree el 68%, para quien tenga curiosidad por el dato). El 67,5%, además, estima que el año que viene la situación económica será peor. La resistencia del Gobierno en pleno a elaborar y mostrar un plan consistente, otro reclamo ecuménico, no ayuda, por cierto.

La confianza, palabra impresa en los billetes de dólar, precisa de la política para ser restaurada. Por eso no funcionarían fórmulas como la incorporación de una figura fuerte de la economía (Roberto Lavagna, por ejemplo) sin modificar el actual esquema de poder. Ya lo sufrió De la Rúa cuando llamó a Cavallo en su último manotazo de ahogado.

En la misma encuesta citada arriba, el 40% asume que Cristina tiene más poder que el Presidente, mientras el 31% piensa lo contrario. La brecha madre, o la madre de todas las brechas.