Hay más de treinta tucumanos presos, procesados y hasta abatidos por oficiar de rompevidrios en otras provincias

Lunes 20 de Mayo de 2024, 04:49

JUGADOS. Así describen a los rompevidrios tucumanos en otras provincias como en Córdoba, donde se registró esta imagen de La Banda de los Tucumanos en acción.



Más de treinta delincuentes tucumanos especializados en la modalidad conocida como “rompevidrios”, se diseminaron por más de medio país y hoy son noticia en al menos doce provincias que registran detenciones, procesamientos, condenas e incluso dos muertes, todos relacionados con la técnica de despojar de sus bienes a automovilistas a los que, generalmente, sorprenden abordo de sus vehículos a los que acceden reventando algunas de las ventanillas.

Las cifras no son precisas porque surgen de un primer cruce de datos con jurisdicciones como Mendoza, Salta, Córdoba, Chaco, Corrientes, Santiago del Estero, Misiones, Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires, Neuquén y Catamarca. Intercambio que cuando se complete, terminará redondeando un número más alto, que de alguna manera reactualiza una parte de la larga y truculenta historia criminal de Tucumán.

Los casos de tucumanos delinquiendo en otras provincias no es nuevo. La historia se remonta a Segundo David Peralta, un monterizo nacido allá por 1897, famoso a nivel nacional como “Mate Cosido”, un ladrón al que las crónicas de la época, entre los años 1920 y 1940, acabaron por romantizar con cierto halo de leyenda, asegurando que su costumbre era robar a las empresas internacionales afincadas en Chaco para darle el dinero a los pobres.

Su fama le ganó un lugar destacado en la lírica de un clásico del rock nacional compuesto León Gieco, que se llamó “Bandidos rurales”, en el que el tucumano encabeza una larga lista de personajes en conflicto con la ley, quienes por la envergadura de sus tropelías se forjaron una fama que se forjó en versos, coplas y crónicas informativas.

Más cerca en el tiempo y sin tanto romanticismo, el clan “Los Gardelitos”, especialistas en el “punguismo”, se ganaron por las malas gran renombre en diferentes provincias, tanto que según contaban por entonces, hasta fueron contratados por la Policía Federal para aligerar los bolsillos del personal del Servicio Secreto de Estados Unidos, en represalia por la negativa a que colaboraran en la custodia del presidente de Estados Unidos Dwight Eisenhower, cuando nos visitó en 1960.

Pero no fue la única modalidad delictiva que los maleantes los tucumanos llevaron a otras provincias.

El clan Caro, una banda liderada por Miguel “La Gata” Lizárraga, fueron los autores de innumerables robos en Tucumán, Mendoza, Córdoba, Salta, Catamarca y Buenos Aires, hasta que lograron ponerlos tras las rejas, donde por estos días aspiran a que un tribunal de impugnación anule el fallo que les aplicó duras condenas.

Para Lizárraga, pese a que es un conocido ladrón, esa fue la primera sentencia adversa al cabo de casi cuatro décadas sindicado como un especialista en delitos contra la propiedad.

En cuanto a los “rompevidrios”, la modalidad que exportaron decenas de malvivientes tucumanos, se trata de un sistema derivado de las denominadas salideras bancarias, similar a la carrera de postas, dado que los delincuentes eligen a la víctima, la persiguen y llegado el momento, rompen el vidrio de una ventanilla del vehículo en el que se desplaza para apoderarse de sus pertenencias.

En general son ataques improvisados, es decir sin inteligencia previa para elegir a la víctima, pero eso cambió cuando un operativo de esta clase terminó con el crimen de la comerciante de Ana Dominé, registrado en septiembre de 2020.

Los autores formaban parte de una banda que se especializaba en este tipo de asaltos. Cuatro terminaron condenados a prisión perpetua, dos recibieron una pena de 10 años y un séptimo involucrado renaultó absuelto, en un caso que marcó diferencias porque hubo vigilancia, seguimiento y tuvo el peor final porque el hijo de la víctima, que la acompañaba, reconoció a uno de los criminales.

Lo cierto es que, los “rompevidrios” prefieren esta modalidad porque si son detenidos saben que les espera una pena menor, ya que no blanden armas de fuego para amenazar a las víctimas. Su ventaja es el susto y la sorpresa paralizante que provoca en las víctimas el estallido del cristal.

Los tucumanos que operan en distintas en otras provincias actúan de dos maneras: están los que son convocados por delincuentes locales para formar parte de una banda, como sucedió en Mendoza, donde fueron procesados por haber cometido una decena de ataques entre diciembre y abril, en los que se apoderaron de más de $ 52 millones.

En Córdoba sucedió algo similar, aunque no trascendieron los montos robados.

En ambas provincias, además del robo, los acusaron de integrar una asociación ilícita, imputación más grave por la que les espera una pena mayor.

Luego están los “independientes”; es decir, delincuentes que ya quemados en Tucumán, van a probar suerte en otras latitudes, dan algunos golpes y después, si salieron bien librados, retornan a la provincia a disfrutar de lo que consiguieron, aunque para algunos investigadores que siguieron sus pasos, es imposible que no cuenten con algún apoyo local, ya que no es simple actuar sin conocer el terreno pero, sobre todo, sin la venia de los locales.

Del listado de tucumanos se desprenden varios factores comunes, por ejemplo las edades, que oscilan entre los 19 y 45 años; también el hecho de que son hábiles conductores de motos del tipo Honda Falcon y cualquier modelo KTM, aunque también se mueven en camionetas o autos de alta gama a nombre de sus familiares, que sirven como vehículos de apoyo.

La fama de ”jugados” que se le atribuye a los comprovincianos, se consolidó cuando se supo que dos cayeron abatidos por los custodios de las personas que trasladaban fuertes sumas de dinero.

Cristian “Loquillo” Valdez murió en noviembre pasado, ultimado de un certero balazo en Córdoba y el mismo mes, pero en Rosario, acabaron de la misma manera los días de Sergio Miguel Villarroel (25).

Otra característica es que más de la mitad de los detenidos fueron condenados en nuestra provincia en los últimos tres años; es decir, alcanzados por el nuevo Código Procesal Penal.

Carlos Ponce (32), tras haber sido apuntado en diferentes causas por robo desde 2018, recibió la primera condena en noviembre de 2021, cuando en un juicio abreviado le aplicaron una pena de tres años, de cumplimiento condicional.

La Policía volvió a saber de él cinco meses después, cuando les llegó un oficio de Santiago del Estero pidiendo sus antecedentes por haber quedado involucrado en un delito y, el mes pasado finalmente fue detenido en Córdoba, acusado de integrar “La banda de los tucumanos”.

“No hay mayores explicaciones. Además del trabajo de prevención que realizamos, la Justicia nos acompaña en las investigaciones y dictan las penas mucho más rápido. Así es muy difícil que sigan actuando en Tucumán”, resumió el jefe de Policía Joaquín Girveau.