Sábado 03 de Enero de 2026, 06:11

ACTUALIZACION. La nueva versión del diccionario de la RAE, por ahora en formato digital, será impresa hacia finales de 2026.
La Real Academia Española presentó a mediados de diciembre la versión electrónica 23.8.1 del Diccionario de la Lengua Española (DLE), una actualización que anticipa los lineamientos de la 24ª edición impresa prevista para este año y que vuelve a poner en primer plano un aspecto central del idioma: las palabras no nacen en el diccionario, llegan a él cuando ya forman parte de la vida cotidiana de los hablantes.
El anuncio fue encabezado por el director de la RAE,
Santiago Muñoz Machado, junto a la responsable del Instituto de Lexicografía,
Elena Zamora, quienes remarcaron que cada modificación del DLE es el resultado de un proceso largo y minucioso. No existe un trámite formal para que un término sea incorporado: el ingreso es consecuencia de su uso extendido, sostenido en el tiempo y comprendido de manera compartida por una comunidad amplia. Las modas pasajeras o los fenómenos virales, por sí solos, no alcanzan.
El trabajo lexicográfico se apoya además en una tarea clave de documentación. Los equipos de la RAE y de las otras 22 academias de la lengua española rastrean palabras y expresiones en libros, medios de comunicación, textos científicos, documentos administrativos y grandes corpus digitales. De ese modo, el diccionario funciona como un registro del uso real del español y no como un inventario arbitrario de novedades.
En esta actualización se incorporaron términos que ya circulaban con naturalidad en distintos ámbitos, como crudivorismo, microteatro, milenial o turismofobia, junto con vocablos del campo científico —gravitón, termoquímico, cuperosis, narcoléptico, ovulatorio— y expresiones técnicas vinculadas a la meteorología, como engelamiento y engelante. La ampliación refleja cómo el lenguaje especializado se filtra progresivamente en el habla general.
El DLE también revisó significados existentes. La palabra “directo”, por ejemplo, sumó una acepción vinculada a las transmisiones simultáneas en radio, televisión y plataformas digitales, y otra propia del boxeo, referida al golpe recto. En el registro del habla cotidiana, “brutal” incorporó su sentido positivo de “magnífico” o “maravilloso”, mientras que “chapar” sumó el uso coloquial de “cerrar un establecimiento con chapas”. También se aceptó “eco” como forma abreviada de ecografía y se definió “marcianada” como un hecho o dicho raro o disparatado.
La actualización incluyó además expresiones complejas que funcionan como unidades de sentido —“alfombra mágica”, “foto de familia”, “juguete roto”, “meter la directa”— y reflejó el impacto de la comunicación digital. El verbo “loguearse” ingresó plenamente adaptado al español, mientras que términos como “gif”, “hashtag”, “mailing” y “streaming” se mantienen como extranjerismos crudos, señal de que la Academia distingue entre lo ya integrado al idioma y lo que aún conserva su carácter de préstamo.
El carácter panhispánico del diccionario volvió a quedar en evidencia con la incorporación de acepciones regionales, como “morro” para referirse a un niño o muchacho en países de Centroamérica y México, o nuevos sentidos de “cubetera” en Bolivia, Chile y Cuba. La participación de las 23 academias garantiza que el DLE represente una lengua diversa y compartida, y no una única variante del español.
La inclusión de una palabra en el diccionario no la vuelve legítima —ya lo era por el uso—, pero sí le otorga estabilidad, definición y respaldo institucional. Para el periodismo, la educación, la justicia y la administración pública, esa referencia común resulta clave. Cada actualización del DLE vuelve a dejar en claro que el idioma no es una pieza de museo: es un organismo vivo que cambia, y el diccionario se limita a dejar constancia de lo que los hablantes ya hicieron necesario.
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