Macabro y millonario empresario por las noches usaba un antifaz para violar y asesinar mujeres

Jueves, 13 de Agosto de 2020 09:20

Joji Obara parecía un hombre de negocios, pero ocultaba a un monstruo.



Joji Obara estaba educado para ser el mejor. Asistió a los colegios privados japoneses más exclusivos. Luego, estudió Leyes y Ciencias Políticas en una excelente universidad de Tokio. Hablaba perfecto y fluido inglés y, para completar su educación, pasó un buen tiempo viviendo en Estados Unidos y en Suecia. Era, en apariencia, un joven muy amable y simpático y tenía una familia que lo empujaba a progresar.

Cuando, un poco más grande, empezó a disponer de fondos empezó a vivir de una manera extravagante y, en consonancia con el dinero que disponía, adquirió numerosos departamentos y una flota de autos carísimos, entre ellos varias Ferraris, un Rolls-Royce Silver Cloud y una Maserati. Su fortuna alcanzó, por los años ’90, los 45 millones de dólares.

Pero mientras el fulgor de su dinero encandilaba a todos, su costado perverso y oscuro se desarrollaba sin límites. Nadie podía imaginar que ese exitoso joven se convertiría en un monstruo asesino, un descuartizador y un violador serial desalmado.

Quizá la razón para que en las redes haya tan pocas fotos de él y, en cambio, muchas imágenes de sus víctimas, haya sido justamente esa montaña de dinero con la que blindaba su intimidad. Joji Obara evitaba siempre ser fotografiado, tenía demasiado que esconder.

Obara, nació en 1952 en Osaka, Japón. Sus padres eran coreanos y de origen humilde. Pero fue durante su niñez que la suerte de la familia cambió radicalmente. Su padre empezó a amasar una gran fortuna con dinero proveniente del mundo del juego: con máquinas de póker. En pocos años, el destino de la familia giró ciento ochenta grados. Ya no había necesidades de ningún tipo y el dinero entraba cómodamente. Los padres empezaron a ambicionar un gran futuro para sus hijos. Así fue que Joji terminó educándose en un colegio privado de Tokio. Diariamente, recibía un montón de tutores para distintas actividades. A los 15 años entró en la prestigiosa secundaria que está asociada a la Universidad de Keio. Eso le garantizaba la aceptación de esa institución cuando se graduara.

Dos años después, su padre murió súbitamente en Hong Kong.

Joji, que tenía solo 17 años, y sus dos hermanos heredaron las propiedades que el jefe de la familia había acumulado en Osaka y en Tokio. Luego de viajar intensamente por todo el mundo y de graduarse en la Universidad de Keio en Ciencias Políticas y Leyes, Joji se naturalizó ciudadano japonés y cambió su nombre legal a Seisho Hoshiyama. Quería parecer nipón de verdad y esconder de esa manera su ascendencia coreana. Fue la primera señal que demostraba que la inseguridad formaba parte de su patrimonio psicológico. A los 21, se arrepintió del cambio y volvió a su antiguo nombre.

Siguiendo el camino de su padre comenzó a invertir en propiedades. La especulación en bienes raíces le hizo ganar fortunas y superó en habilidad a su progenitor. Llegó a acumular 45 millones de dólares. Para entonces, Obara ya le había demostrado a todos su gran habilidad para los negocios. Pero la suerte no sería eterna.

Por los años ’90 acaeció una hecatombe económica que lo llevó a perder gran parte de su fortuna. Empezó a ser perseguido por sus acreedores y se dice que terminó lavando dinero de grupos peligrosos.

Una de las pocos fotos públicas que circulan en Internet de Joji Obara, es en blanco y negro y lo muestra al principio de los años ’70. Poco después, su inseguridad afloró nuevamente y se operó los ojos para hacerlos más redondos y menos rasgados. De todos modos, siempre recurrió a los anteojos negros para esconder su mirada del mundo y, durante toda su vida adulta, evitó las cámaras.

Joji Obara llevaba una vida al límite. Estaba convencido de que su riqueza le garantizaba el acceso a todo aquello que deseara. En especial, a la bellas mujeres occidentales, altas y elegantes.

Sus amigos de aquel entonces revelaron otro rasgo de Obara al contar que recurría a realces internos en sus zapatos para ganar altura y que tomaba hormonas del crecimiento. Medir un metro sesenta y siete lo torturaba. Vivía mal no ser más alto, como esas mujeres a las que codiciaba.

ntregaban, con mucha simpatía, sus tragos vestidas con ropa muy sexy. Uno de sus bares preferidos era en Roppongi, una zona sórdida de Tokio (Seokyong Lee/Penta Press/Shutterstock)

Fue por esos años que se volvió adicto a los bares donde las recepcionistas eran, en general, bellas jóvenes llegadas de Occidente. Ellas lo atendían y le entregaban, con mucha simpatía, sus tragos vestidas con ropa muy sexy. Uno de sus bares preferidos era en Roppongi, una zona sórdida de Tokio. Por la noche, ese barrio cobraba una alocada vida donde se mezclaban extranjeros, borrachos, modelos rusas, narcos y banqueros adinerados.... Bajo los coloridos carteles de neón la realidad aparecía un tanto distorsionada y muy intensa. Todos buscaban diversión y conformaban un cóctel audaz dentro del cual los oscuros deseos de Obara podían ser saciados sin demasiada vigilancia.

Fue allí donde empezó todo. O, mejor dicho, donde comenzó a terminar todo. Porque los espantosos hechos cometidos por Obara llevaban años sucediendo. Solo que nadie lo sabía.

Fue su última víctima quién llevó a descubrir al perverso monstruo que habitaba en Joji Obara. De haberse descubierto antes, la historia podría haber sido muy distinta para decenas de mujeres atacadas por el sádico millonario.

Fue en esa misma zona sórdida de bares y noches salvajes, donde Lucie Blackman se topó con Obara .La orgía de sangre y sexo iba a encontrar su punto final con ella.

Lucie Jane Blackman nació el primero de septiembre de 1978 en Kent, Gran Bretaña. Cuando terminó el colegio y comenzó su vida adulta empezó a trabajar como azafata para la aerolínea British Airways. A los 21 años, con su amiga Louise Phillips, decidieron explorar un poco el mundo. La idea era ganar algo de dinero para pagar algunas deudas y pasar por la experiencia de vivir en el extranjero. Llegaron a Tokio, Japón, con una visa turística por 90 días en el año 2000.

Lucie encontró trabajo como moza en el bar de la discoteca Casablanca, un local nocturno frecuentado mayormente por hombres, en Roppongi. Rubia, atractiva y alta, Lucie tenía el estilo de las mujeres que le atraían a Obara.

La noche del sábado primero de julio del año 2000 llamó a su amiga y le dijo que saldría con un cliente que había conocido en el bar. Luego, se esfumó sin dejar señales.

A la mañana siguiente, 2 de julio, Louise Phillips recibió una llamada de un hombre que no se identificó. Él le dijo algo que le sonó rarísimo, casi ridículo: que Lucie se había unido a una secta religiosa y que no quería ser contactada ni por sus familiares ni por ella.

Alarmada llamó enseguida a Gran Bretaña a la familia Blackman. Sophie, hermana de Lucie, voló el 4 de julio a Japón. Cuando fueron juntas a la policía para hacer la denuncia y explicaron de qué trabajaba la joven desaparecida, sus declaraciones fueron automáticamente desestimadas. La policía les dijo que era frecuente que “este tipo de mujeres” se fueran de vacaciones, sin dar explicaciones, con sus amigos a Tailandia o a Bali. Apáticas, las autoridades demostraron el sexismo y la discriminación subyacente en algunos niveles de la sociedad japonesa.

Las recepcionistas o anfitrionas caucásicas de bares, en Japón, eran directamente consideradas prostitutas que se aprovechaban de sus clientes y trabajaban ilegalmente.

El padre de Lucie, Tim Blackman, un desarrollador inmobiliario, viajó también rápidamente a Japón y no se quedó de brazos cruzados. Aprovechó que el Secretario de Asuntos exteriores británico, Robin Cook, estaba de visita en Tokio acompañando al Primer Ministro inglés, y se acercó a él con su problema: su hija estaba desaparecida en ese país lejano.

El tema escaló y cuando el primer ministro, Tony Blair, en medio de la visita oficial le mencionó el asunto a su par japonés, Yoshiro Mori, se dispararon todas las alertas de los funcionarios. El 13 de julio Tim Blackman dio una conferencia de prensa y consiguió importantes titulares en los diarios de los dos países sobre la misteriosa desaparición de Lucie Blackman.

El caso explotó en los medios. El 21 de julio el primer ministro inglés, Tony Blair, recibió a la familia Blackman.

El tirón de orejas no demoró en llegar y la policía de la ciudad de Tokio puso más oficiales en el caso que los que había puesto en 1995, cuando fueron los ataques del gas sarín en el subte nipón.

El 1 de agosto llegó una carta a la policía. Era de alguien que decía ser Lucie Blackman: “Déjenme en paz, Estoy haciendo lo que quiero”.

Como resultado de toda esta movida, aparecieron tres mujeres extranjeras que describieron haber vivido circunstancias muy extrañas luego de haber estado con un empresario llamado Joji Obara. Contaron que se habían despertado enfermas y muy doloridas en la cama de ese hombre. ¡Y no recordaban nada de lo ocurrido la noche anterior! Si bien estos hechos habían sido reportados a la policía del barrio de Roppongi, sus testimonios habían sido ignorados por las autoridades.


Cuando profundizaron la investigación, los detectives conectaron puntos y descubrieron a un tal Nishida, un extraño hombre que había pagado los gastos hospitalarios de una recepcionista de un bar llamada Carita Ridgway. Esta joven australiana había muerto de manera extraña en 1992, más de ocho años antes.

Unas facturas y transferencias en el caso Ridgway demostraban que ese Nishida no era otro que el poderoso empresario Joji Obara. Todo comenzaba a cerrar.

Con la mira puesta en él, allanaron su vivienda. Allí encontraron montañas de evidencias que lo incriminaban.

El retrato de Joji Obara comenzó a tomar forma. El hombre era visto como un excéntrico millonario, un adicto a las drogas que tenía una tremenda una obsesión con las mujeres blancas y occidentales, a las que veía como posesiones que le otorgaban status social.

Cuando empezaron a investigar su conducta se dieron cuenta de que en pos de materializar sus deseos había comenzado, desde hacía mucho tiempo, a administrar drogas ilegales para someter a sus víctimas. De esa manera las dejaba inconscientes y abusaba de ellas. Obara, además, grababa sus violaciones. Entre los miles de videos hallados, unos 400 eran profesionales. Todos fueron recuperados por los detectives de investigaciones y no sólo había mujeres occidentales en esas filmaciones, también las había orientales. Por ello se estimó que la cantidad de víctimas se situaría en alguna cifra entre las 150 y las 400.


Muchas imágenes eran escalofriantes y mostraban a Obara desnudo, usando solamente una máscara del Zorro mientras abusaba sexualmente de mujeres indefensas.

Encontraron, también, un extenso diario personal donde hacía referencia al “Juego de las conquistas”. Un eufemismo para describir sus horrendos actos sexuales mientras las jóvenes ultrajadas no podían reaccionar. Escribió allí: “...las mujeres son solo buenas para el sexo… buscaré venganza. Venganza contra el mundo… Las meseras extranjeras son todas feas. No por su apariencia, sino por su mentalidad”.

Siguió plasmando sus deseos en esos personales escritos: “Mi objetivo es haber tenido sexo con 500 personas para cuando tenga 50 años”. También confesó en sus páginas: “No puedo hacerlo cuando ellas están conscientes”.

Fue en una de esas hojas íntimas del diario de Obara que apareció el nombre de la joven australiana, Carita Ridgway. Al lado de su mención escribió: “Demasiado cloroformo”.

La policía desempolvó el viejo caso. Afortunadamente, el hospital donde había estado internada Carita había guardado una muestra de su hígado. Los peritos pudieron confirmar sus sospechas: hallaron niveles tóxicos de cloroformo.

Antes de la desaparición Lucie habían ocurrido muchas cosas más. Pero solo tenemos certeza de la historia de la ex modelo y mochilera australiana, Carita Simone Ridgway, quien había elegido un barrio más refinado y seguro para trabajar que Lucie. Aún así no pudo escapar de las garras de Joji Obara.

Carita había nacido el 3 de marzo de 1970 en Perth, Australia. Tenía 21 años cuando dejó Clovelly, en las afueras de Sidney, para viajar a Japón en diciembre de 1991. Llegó a Tokio siguiendo a su hermana mayor Samantha, quien había viajado a esa ciudad para vivir con su novio japonés Hideki. Samantha enseñaba inglés en el colegio de lenguas Berlitz. Carita llegó con la idea de quedarse solo unos meses para trabajar y juntar dinero para sus clases de actuación. También quería ayudar a su novio, Robert Finnigan, a pagar sus estudios de Leyes, en la Universidad New South Wales.

Como no encontró trabajo para enseñar idioma, respondió un aviso de empleo de un diario inglés, The Japan Times, para trabajar en el bar del Club Ayakoji de Ginza, un exclusivo barrio de Tokio repleto de boutiques de lujo y exquisitos restaurantes.

Los hombres ricos de negocios visitaban el lugar luego de trabajar todo el día para tomarse unos tragos y practicar inglés con bellas jóvenes occidentales. Ellas hacían las veces de geishas modernas: prendían los cigarrillos de los hombres, charlaban, se reían con sus chistes, cantaban karaoke y, a veces, hasta bailaban para entretenerlos. Las leyes policiales del país prohibían a los hombres tocar o hacerles propuestas sexuales a las jóvenes dentro del local. Ellas sí podían aceptar copas o invitaciones sociales, pero eso debía ser fuera del bar.

En el corto tiempo que trabajó, Carita no tuvo ninguna cita con clientes. Además, ella se cuidaba y evitaba tomar alcohol.

Justo antes de la medianoche del viernes 14 de febrero de 1992, el día de San Valentín, muchos de los visitantes de ese bar donde Carita trabajaba, aceptaron la invitación de Joji Obara para cenar cerca de allí, en el restó coreano Yakiniku. Carita habría ido con todo el grupo. Qué ocurrió en las siguientes 48 horas es un total misterio.

Cuando Samantha, hermana de Carita y con quien compartía la vivienda, volvió a su casa el domingo por la mañana luego de pasar el fin de semana con su novio, otro compañero del departamento le dijo que alguien había llamado y había dejado un extraño mensaje sobre Carita. La voz en el teléfono anunció que Carita se había ido a pasar el fin de semana afuera, con amigos. A Samantha le sonó raro.

Cuando en la mañana del lunes seguían sin tener noticias de su hermana, Samantha se preocupó seriamente. Pero no tuvo que hacer nada porque a las 9 en punto sonó el teléfono. Era un médico del Hospital de Hideshima, en Kichijoji. Él les dijo que tenían internada a una paciente llamada Carita Ridgway y que estaba siendo tratada por un severo envenenamiento por mariscos. Samantha se dirigió rápidamente al hospital. Allí le informaron que había sido un hombre mayor, llamado Akira Nishida, quien había llevado a su hermana a urgencias.

Ese hombre les había dado el nombre y el teléfono de la joven. También les había dicho que ella había comido mariscos en mal estado en Kamakura, al sur de Tokio. En contra de los consejos médicos, Samantha entró a la habitación y se sentó al lado de la cama de Carita. Quería preguntarle dónde había estado. Qué había pasado. Pero ella estaba profundamente dormida. No respondía. En realidad, estaba inconsciente.

Sus padres viajaron a Japón para estar con sus hijas. Escuchaban a los doctores debatir si el daño al hígado de Carita podría ser por Hepatitis D inducida por el uso de drogas o por Hepatitis E. Pocos días después, Carita entró en coma y su piel se volvió de un tono amarillo brillante. Con su familia al lado, el hospital empezó a intentar un caro tratamiento para el hígado. Pero no funcionó y tuvo que ser conectada a un respirador artificial. Todo empeoraba y ellos no podían hacer nada.

“Era una pesadilla”, recuerda su madre Annette Foster, “Nosotros no sabíamos que había causado esa condición ni qué podíamos hacer. Tuvimos que estar ahí, desesperados, viéndola morir”.

Extrañamente, ese hombre que había dicho llamarse Akira Nishida, llamó a Samantha muchas veces durante esos días. Repetía su historia con insistencia: Carita se había intoxicado comiendo mariscos, él había llamado a su doctor personal cuando empezó a tener náuseas y le había dado un remedio para eso. Pero cada vez que Samantha intentaba que él le diera un teléfono dónde poder ubicarlo, él cortaba la comunicación.

A pesar de que Samantha y su novio Hideki alertaron a la policía de Tokio sobre estos rarísimos llamados, las autoridades no les prestaron atención alguna. No hicieron ningún esfuerzo para intentar localizar a Nishida. Incluso, ante la insistencia de la familia, la policía se volvió hostil con ellos.

Carita, aún con vida, fue transferida al Hospital Universitario de Mujeres de Tokio, en Shinjuku. El sábado 29 de febrero de 1992, tres días antes de cumplir 22 años, su cerebro se rindió.

Con muerte cerebral la familia decidió quitarle el soporte vital. Las enfermeras la vistieron con un kimono rosa, la depositaron sobre la cama y la cubrieron hasta el cuello con flores. Luego fue llevada hasta un santuario budista en el mismo hospital y cada miembro del staff llevó en su honor un palillo de incienso. Dos días después fue cremada. La vida de Carita Ridgway había tristemente terminado, dejando a sus familiares desconsolados y en un desconcierto total.


Pero Nishida, el misterioso hombre que resultaría luego ser Joji Obara, siguió persiguiendo a los seres queridos de su víctima con sus estrafalarias historias. Antes de que la familia abandonara Japón, logró concretar un encuentro con ellos en el mismo hotel del aeropuerto donde estaban alojados. Quería contarles su versión de los hechos. Annette Foster y Nigel Ridgway lo recibieron. Estuvieron sentados frente a él en su propio cuarto, los separaba una mesa de café.

El extraño personaje, inmaculadamente vestido, hizo una vaga referencia a yakuza, el sindicato del crimen organizado de Japón, en un intento por asustarlos antes de contarles una historia bizarra sobre cómo Carita se había enfermado luego de comer ostras. Finalmente, los sorprendió diciendo “yo amaba a su hija y hubiera querido pasar mucho más tiempo con ella” mientras sacaba un collar de diamantes y un costoso anillo que había comprado para regalarle a Carita en su cumpleaños. Dijo que se los quería dar a ellos. Ofreció también a pagar el funeral.

Los Ridgway estaban desolados, no entendían nada lo que este hombre decía. Annette recordaría años después al siniestro Nishida/Obara: “Él transpiraba profusamente y se secaba la cara con un pañuelo todo el tiempo”.

Esos padres devastados sabrían, ocho años después, que habían estado hablando amablemente con el violador y el culpable de la muerte de su hija.

Los padres de Carita admitieron que ellos deberían haber insistido en una autopsia, haberle hecho testeos de abuso sexual y una biopsia del hígado. Pero confesaron que, simplemente, estaban sobrepasados por las circunstancias y por el dolor como para pensar correctamente.

Pasaría mucho tiempo, hasta la desaparición de Lucie Blackman, para que se supiera algo más.

Nueve años después, en enero de 2001, Annette y Samantha volvieron a Tokio para identificar a ese hombre del collar de diamantes que había ido al hotel a verlos. Los recibos de las transferencias de Joji Obara a la cuenta que tenía en Japón Samantha Ridgway, y que fueron encontrados en la casa de Obara luego del asesinato de Lucie Blackman, lo vincularon definitivamente con la violación y muerte de Carita. Nishida era Joji Obara. No había ninguna duda.


Cuando allanaron el coqueto departamento de Obara, entre los miles de videos incautados, se hallaron las imágenes clave que mostraban a Carita con Joji Obara. Era una prueba incontestable. Los investigadores se rehusaron a mostrar la filmación completa a los familiares de Ridgway para no generarles más traumas. Annette, su madre, explicó: “Yo vi la cara de Carita, ella estaba inconsciente, con Obara que llevaba una máscara”. Eso le alcanzó como certeza.

Su padre, Nigel, recuerda compungido: “A Carita no le gustaba ese trabajo, pero el dinero era diez veces más que el que ella podía ganar en Sidney. La mayoría de las chicas pensaban que ese trabajo era solo un poco de risas, nada serio...”.

Lo que se dedujo que pasó esa noche es que Obara le habría ofrecido a Carita Ridgway llevarla a su casa. Y que, en vez de hacerlo, la drogó y la durmió con cloroformo para abusar de ella. Eso condujo a su falla hepática y a su muerte cerebral.

En octubre del año 2000, Obara fue culpado de drogar, violar y matar a Lucie Blackman. También se lo imputó por la violación de otras ocho mujeres y por la muerte de Carita Ridgway.

La fiscalía estableció el modus operandi. Obara escogía a sus víctimas y las llevaba a sus departamentos sobre la costa donde les ofrecía un vaso de vino que contenía Rohypnol. Una vez desvanecidas, las llevaba a su cama donde las sometía durante horas (algunas habrían estado hasta doce horas inconscientes). Cuando empezaban a despertarse usaba un trapo embebido en cloroformo para seguir con sus abusos. Y, por supuesto, filmaba todo.

Muchas de ellas se despertaban tan drogadas que creían la historia que Obara les relataba: que se habían desmayado bebiendo de más. Él les daba dinero y les aconsejaba tomarse unos días fuera del trabajo para poder recuperarse de la borrachera.

Mientras se destapaba esta oscura trama, el 9 de febrero de 2001, el cadáver descuartizado de Lucie Blackman fue descubierto en una zona que ya se había rastrillado sin éxito en Miura, Kanagawa, a unos 50 kilómetros al sur de Tokio. A unos centenares de metros del departamento blanco y radiante de Obara llamado “Mar azul”, dentro de una caverna frente a la costa del mar, debajo de una bañadera dada vuelta había una tumba superficial. Allí encontraron los restos de Lucie.

El cuerpo de la joven había sido cortado en ocho pedazos que habían sido dispuestos en bolsas plásticas. Su cabeza había sido cercenada y colocada en concreto. Se cree que para ello Obara utilizó una motosierra que supo tener, pero que luego curiosamente desapareció. De todas maneras, la policía pudo encontrar el recibo de esa compra.

Lamentablemente, los restos estaban tan descompuestos que fue imposible para los peritos forenses discernir la causa exacta de la muerte.

Obara declaró haberle dado una bebida con droga para poder luego violarla en su condominio. Pero dijo ser inocente respecto de su muerte y que lo ocurrido había sido “algo involuntario”.

El juicio comenzó el 4 de julio de 2001. Obara evitó mirar a los familiares de sus víctimas y, en cambio, mantuvo la vista fija en sus papeles. Durante las audiencias salieron a la luz más rasgos de la personalidad del sádico personaje. La primera vez que había quedado constancia de algún problema de Obara con la ley había sido en 1998: fue sorprendido vestido de mujer en unos baños intentando filmar a las que entraban a utilizarlos.También se relató que, cuando requisaron sus propiedades, habían hallado al esqueleto congelado de su Pastor Alemán. Amaba tanto a su perro que, cuando murió, lo frizó y lo cubrió de rosas.


El 24 de abril de 2007 fue condenado a perpetua por todos los cargos a excepción de la violación y asesinato de Lucie, por falta de evidencia por el estado del cuerpo. Qué ironía: la desaparición de Lucie lo llevó a la cárcel, pero no fue por ese crimen que mereció perpetua sino por la autopsia sobre el trozo de hígado de Carita Ridgway inundado con cloroformo.

El fiscal de entonces, Takeshi Tsuchimoto, profesor de procedimientos criminales en la Universidad de Hakuoh, criticó mucho la decisión del juez de no culpar a Obara por la muerte de Lucie Blackman en esa instancia.

La falta de condena por Lucie fue apelada. El 25 de marzo de 2008 comenzó un juicio de apelación, que terminó el 16 de diciembre del mismo año, con la Corte Suprema de Tokio encontrando a Obara culpable de secuestro, desmembramiento y disposición del cuerpo de Blackman, pero no de asesinato.

Increíblemente Obara mantuvo su inocencia durante el juicio y alegó que las víctimas eran adictas a las drogas y que habían arreglado con él cambiar sexo por dinero.

Tuvo la fortuna de escapar a la pena de muerte, algo que en Japón es legal para los culpables de homicidio o traición.

Bajo la ley japonesa la prisión perpetua es de 20 años. Si se cuenta el tiempo que Obara estuvo detenido antes del juicio, este año se cumplen las dos décadas desde su encarcelamiento. El temor de los Backman y de los Ridgway es que Joji Obara sea puesto en libertad condicional.

El dinero que dividió a los familiares

El padre de Lucie, Tim Blackman, aceptó en su momento las 450 mil libras que un socio de Obara le otorgó como suma compensatoria, algo que es legal en Japón. Esto lo enfrentó con el resto de la familia que se oponía a recibir dinero del acusado. Su ex mujer y madre de Lucie, Jane Steare, y sus otros hijos lo denunciaron, en ese momento, por poner en peligro el resultado del juicio.

Tim vive ahora en la isla de Wight, con su segunda esposa, Josephine. Dice encontrar fuerzas socorriendo, a los que tienen un ser querido desaparecido con la fundación que creó con ese dinero. Serían unas 600 las familias ayudadas en todos estos años y explica: “Es la única organización no gubernamental que ayuda a las familias en el exterior que pasan por esta situación”.

En 2019, Tim Blackman, enfurecido habló de la posible libertad de Obara: “Si yo pensara que es posible que salga en libertad bajo palabra haría seriamente todo lo posible para pararlo. Él nunca admitió ninguna responsabilidad ni demostró culpa o angustia por lo que hizo”.

La familia Ridgway no aceptó jamás dinero alguno proveniente del círculo de Obara. Annette afirma: “No queríamos que la Corte pudiera reducirle la pena por ello, entonces no aceptamos ese dinero en compensación por la pérdida. Además, eso requería que firmáramos un documento diciendo que la razón por la que Carita había muerto era porque el hospital no la había tratado correctamente”.

De Joji Obara poco se sabe hoy. Solo que tiene 68 años y que según lo que marca la ley japonesa podría ser puesto en libertad bajo palabra este año. /Infobae