Martes 27 de Enero de 2026, 23:26
Alex Honnold volvió a desafiar los límites humanos al escalar sin sogas ni protección el rascacielos Taipéi 101, en Taiwán, una estructura de más de 500 metros y 101 pisos que durante varios años fue la más alta del planeta. La hazaña, transmitida en vivo a través de una plataforma de streaming, generó asombro y debate por el nivel de riesgo asumido.El escalador estadounidense, de 40 años, es conocido mundialmente por realizar ascensos extremos en modalidad free solo, es decir, sin ningún tipo de sistema de seguridad. Entre sus antecedentes más impactantes se encuentra la escalada de El Capitán, un monolito de casi mil metros en el Parque Nacional Yosemite, y el ascenso al acantilado Ingmikortilaq, en Groenlandia, de más de 1.100 metros.
A raíz de este perfil poco común y de su aparente indiferencia ante el peligro, Honnold se sometió en 2016 a una serie de estudios neurológicos para analizar cómo responde su cerebro frente al miedo. El trabajo fue realizado por el médico James Purl y la neurocientífica Jane Joseph, quienes lo evaluaron mediante resonancia magnética funcional.
Los resultados fueron llamativos: la amígdala, una región del cerebro clave en el procesamiento del miedo y las emociones, mostró en Honnold una activación significativamente menor que la habitual frente a estímulos considerados aterradores. Situaciones que para la mayoría de las personas generarían vértigo extremo o pánico no provocaron una respuesta intensa en su cerebro.
El estudio comparó su actividad cerebral con la de otro hombre de la misma edad, también aficionado a deportes extremos. Mientras ambos observaban imágenes diseñadas para provocar miedo, la amígdala del segundo reaccionaba con normalidad, mientras que la de Honnold permanecía prácticamente inactiva.
Según los especialistas, este funcionamiento atípico podría explicar su extraordinaria capacidad de autocontrol en situaciones límite. Su cerebro interpretaría y regularía las señales de peligro de una manera distinta, posiblemente influida por años de entrenamiento mental y físico, donde la concentración y la toma de decisiones precisas resultan determinantes.
En el desafío más reciente, Honnold tardó aproximadamente una hora y media en completar la escalada del Taipéi 101. Enfrentó ráfagas de viento y una arquitectura compleja, con salientes metálicas y tramos sin apoyos claros, avanzando únicamente con manos y pies.
“Había mucho viento, así que estaba tratando de equilibrarme bien y no caerme de la aguja”, explicó tras alcanzar la cima, mientras cientos de personas seguían la ascensión desde el suelo con asombro.
El evento, titulado Skyscraper Live, había sido reprogramado por cuestiones climáticas y finalmente se concretó el domingo. Para Honnold, más allá de la tensión propia del reto, el aliento del público fue un factor clave: aseguró que el apoyo de la gente hizo que la experiencia se sintiera más cercana y celebratoria.
La combinación entre una anatomía cerebral poco común y un entrenamiento extremo vuelve a poner a Alex Honnold en el centro de la escena, como uno de los deportistas más singulares y desafiantes del mundo.