El boom de los "perrhijos", los "gathijos" y de otros animales que son criados como sustitutos de los hijos

Martes 14 de Mayo de 2024, 06:56

Cada día son más las parejas en edad fértil que, en lugar de tener hijos, han optado por criar a sus mascotas y humanizarlas como a un miembro más de su familia.



¿Duerme Fido contigo y tu pareja en la cama? ¿Le haces fiestas de cumpleaños a Princesa? ¿Le pones música a Chispa para que se relaje? ¿Tiene Firulais más juguetes de los que tuviste tú cuando eras niño? ¿Le hablas, cargas y besas a Pepito como si fuera un bebé? ¿Dejas de hacer actividades para no dejar a Chispas solo en casa? ¿Le has abierto una cuenta de Instagram a Oreo?

Si respondiste sí a algunas de estas preguntas, es muy posible que tu perro forme parte del mundo de los “perrhijos”.

En los últimos años, este término acuñado en México en 2011 se ha convertido en una tendencia muy popular en buena parte del mundo y en un desafío al concepto tradicional de familia como padre, madre e hijos. 

Se trata, fundamentalmente, de la percepción de los perros ya no como mascotas, sino como un miembro más de la familia y, en muchas parejas en edad fértil, como unos sustitutos de los hijos.

La tendencia, desde luego, no se limita a los perrhijos sino a todo el espectro de animales domésticos. 

Existen los "gathijos" (gatos), "pezhijos" (peces), "culebrhijos" (culebras), "avhijos" (aves), "iguanhijos" (iguanas) y "hurhijos" (hurones), entre las principales especies que suelen compartir el techo, la mesa, la cama de sus padres, que ya no propietarios.

Madres, padres y hermanos humanos

Basta salir a la calle de la ciudad o asomarse a una tienda especializada en mascotas para tener una idea de la popularidad del fenómeno. Se ven damas jóvenes paseando a su poodle en cochecitos de bebés. O caballeros comprando comida orgánica, kosher, halal o libre de gluten para su pastor alemán.

Se ven mujeres trotando a la vez que observando en su smartphone conectado a una webcam a su labradora en casa. O niñas alimentando a su terrier con un biberón. O jóvenes –mi vecina– calzando a su shih tzu con unas botitas plásticas para que sus patas no toquen el piso al caminar. O una abuela tejiendo un pulóver para el chihuahua por la cercanía de la temporada navideña.

En cuanto a los gatos, en algún centro comercial he visto a una señora entrada en carnes con su hermoso gato perfumado y vestido con accesorios de estilo francés: boina, lazo y traje de marinerito.

Si de culebras –pitones, boas–, lagartos y aves de presa se trata, es posible consentirles con la mejor alimentación posible: ratas congeladas, empaquetadas y, según la descripción del producto, “criadas éticamente por personal calificado en un ambiente controlado climáticamente, y recibido el mismo alimento profesional que se utiliza en los zoológicos”.

Boom de mascotas

Decir que hay un boom de las mascotas en el mundo –al menos, el occidental– no es una exageración.

Hoy en España, por ejemplo, hay más perros que niños. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) y la Asociación Nacional de Fabricantes de Alimentos para Animales de Compañía, para 2023 había 9,3 millones de canes frente a los 6,7 millones de niños menores de 14 años. Esto es, casi 1,5 perros por cada niño.

Más aun, se dice que hoy en Madrid hay el doble de posibilidad de cruzarse con una persona paseando a un perro –¿un perrhijo?– que a un bebé de hasta cuatro años.

El fenómeno, sin embargo, no es reciente ni limitado a España. Ya en el siglo II, el filósofo e historiador griego Plutarco contaba en su obra magna Vidas Paralelas que una vez Julio César (100 a.C. - 44 a.C,) al observar en Roma a unos forasteros ricos que disfrutaban llevando en sus brazos a perros y monos, se acercó y les preguntó si en su país las mujeres no parían niños.

La misma pregunta podría hacerse a los millennials estadounidenses, un segmento de la población que, al parecer, no tiene mucho interés en procrear hijos y que, en su gran mayoría –67% según el diario USA Today– prefieren tener un perro que un niño.

Hay que decir la relación de los estadounidenses con las mascotas, particularmente los perros, es notable. Se calcula que 86,9 millones de hogares (del total de 131,4 millones), tienen al menos una mascota, y de estos, 69 millones tiene al menos un perro.

De hecho, cada año se consume en el país más comida para mascotas –específicamente, perros y gatos– que comida para bebés.

Y sí, para muchos estadounidenses, sus perros son tan o más importantes que sus propias familias. Un estudio de la empresa de investigación Consumer Affairs reveló que el 57% de los 1.000 dueños de mascotas consultados –entre 27 y 42 años– quiere más a sus peludos que a sus hermanos. Este porcentaje baja a 50% en el caso de las madres.

Una forma de antropomorfismo

En fin, queremos tanto a nuestras mascotas que las tratamos como si fueran seres humanos.

En México, una diputada presentó una propuesta de ley que permitiría reconocer a los perros, gatos, aves, tortugas, roedores, reptiles, peces u otras especies del hogar como “miembros afectivos, morales y sociales” de una familia.

Con esto las mascotas podrían llevar el apellido de los dueños, lo cual supondría, como ha sido dicho, un reconocimiento de las llamadas “familia interespecie o multiespecie”.

Algunos antropólogos estudiosos de este comportamiento consideran a la idea –no siempre consciente– de humanizar a los animales como una forma de antropomorfismo. Esto es atribuirles características humanas a otras entidades como deidades, objetos, fenómenos o animales.

En el caso de nuestras mascotas, el antropomorfismo ocurre cuando asumimos que tienen sentimientos, emociones e intenciones humanas, algo que los especialistas en el comportamiento animal, particularmente canino, advierten como perjudicial, pues ignora la naturaleza y niega la animalidad del, precisamente, animal.

Un artículo publicado por AMICANIN, un centro de adiestramiento canino en Normandía, Francia, explica que ni los perros ni los gatos, y mucho menos otras especies, analizan el entorno ni tienen las mismas necesidades de los humanos, como muchos queremos creer.

Los perros carecen de conciencia moral para saber lo que está bien y lo está mal. Y no emiten juicios sobre nuestro comportamiento, así como no comprenden conceptos como la venganza o el resentimiento. No ven la castración como una mutilación. No necesitan de una dieta variada y, salvo excepciones, tampoco necesitan de abrigos ni de zapatillas para caminar.

Lo que sí necesitan es estar con otros perros con los que puedan comunicarse, interactuar y jugar. Recuerda que los perros son perros, no humanos.

El ciclo de la vida

En este proceso de humanización hay también una suerte de transferencia de los rituales fundamentales en la vida de una persona a las mascotas. Se sabe de sacerdotes en Estados Unidos que se encargan de bautizarlos –a los cachorros– y ya hay feligreses que han planteado la necesidad de hacerles la primera comunión.

Y en la medida que creen, sus padres celebran los cumpleaños de sus perrhijos con fiestas, regalos, cotillón, pastel, golosinas y otros peludos invitados. Año tras año.

Ya adultos, empieza búsqueda de pareja, en sitios de citas online, hasta dar con un peludito o una peludita que les parezcan lo suficientemente bonitos o buenos partidos a sus padres.

Y llega la hora del casamiento. En países como el Reino Unido o Nicaragua se ofician bodas para perros con toda la pompa del caso: anillo, velo y corona para la novia, smoking para el novio y la recepción, de nuevo con otros peludos invitado.

Y al final, se acaba el ciclo de la vida. Muchas agencias funerarias están ofreciendo sus servicios para garantizarle a una mascota un funeral apropiado, y esto incluye lecturas, poemas, música, flores y lápidas para despedir al perrhijo junto a amigos y familiares. Tuviste una buena, Firulais. /Yahoo Noticias