Lunes 05 de Enero de 2026, 06:13

NEGOCIO FAMILIAR. Los vaivenes de la vida hicieron que lo que comenzó como una gambeta a la nostalgia, se volviera una actividad que hoy sostiene la economía de esta familia tucumana radicada en el norte de Salta.
A más de 500 kilómetros de Tucumán, en una ciudad salteña rodeada de quintas y cultivos, un clásico de las siestas del norte argentino encontró un nuevo hogar. La achilata, el helado fucsia, sencillo y popular que forma parte de la identidad tucumana, cruzó límites provinciales y se transformó en el principal sustento económico de una familia en Colonia Santa Rosa, al noreste de Salta.
La historia tiene como protagonista a
Patricia Ortiz, tucumana de nacimiento, criada en la zona de La Loma, detrás del hipódromo, que hace más de dos décadas se radicó en Colonia Santa Rosa. Allí formó su familia y, casi sin planificarlo, logró que un producto profundamente ligado a su infancia se convirtiera en una salida laboral estable. Junto a su esposo,
Oscar Alejandro Tula, venden achilata desde hace casi diez años en una localidad de unos 17.000 habitantes donde, hasta entonces, nadie conocía ese sabor.
La idea nació de la nostalgia y de los viajes frecuentes a Tucumán. Oscar era camionero y recorría rutas de manera habitual, y Patricia solía acompañarlo. En uno de esos trayectos surgió la posibilidad de llevar algunos tachos de achilata para probar suerte. El traslado no era sencillo: más de siete horas de viaje y un producto delicado que debía ser cuidadosamente protegido para llegar en condiciones. Al principio trajeron pocas cantidades y vendían desde su propia casa, casi como un experimento.
Con el paso del tiempo, la respuesta fue creciendo. Cada nuevo viaje significaba traer más achilata, aunque no faltaban las complicaciones por controles o demoras en la ruta. Pese a eso, el producto siempre llegaba y la demanda no dejaba de aumentar.
El punto de inflexión llegó hace tres años, cuando Oscar perdió su trabajo como camionero y decidió volcarse de lleno a la venta ambulante.
Desde entonces, la pareja recorre la colonia todos los días, de lunes a lunes, desde la siesta hasta el anochecer, salvo cuando la lluvia se los impide. Hoy comercializan alrededor de 50 tachos por jornada y, según cuenta Patricia, muchas veces su esposo regresa a casa con apenas uno o dos sin vender. También realizan entregas a domicilio, venden en la plaza y participan en fiestas patronales, donde la demanda se multiplica.
La achilata se convirtió así en el ingreso principal del hogar. Patricia, además, mantiene una pequeña despensa, pero es el helado tucumano el que sostiene la economía familiar durante todo el año. Contra lo que imaginaban al comienzo, las ventas no se detienen en invierno. Incluso en los meses fríos, los vecinos siguen buscándola, abrigados y con la misma costumbre. La ofrecen en bochas pequeñas y en potes de un cuarto de kilo, sin venta mayorista.
Lo que al inicio requería explicaciones hoy forma parte del paisaje cotidiano de Colonia Santa Rosa. Patricia recuerda que al principio debía contar de qué se trataba, compararla con un refresco o un picolé, hasta que la gente la probaba. Ahora, ya no hace falta. La achilata dejó de ser una rareza y se volvió un sabor habitual en la ciudad.
A sus 52 años, madre de tres hijos varones, Patricia resume la experiencia con orgullo. A cientos de kilómetros de Tucumán, ese helado simple y colorido no sólo refresca, sino que mantiene vivas las raíces. Cada vaso de achilata cuenta una historia de identidad, trabajo y pertenencia que viajó desde el sur tucumano hasta el corazón del norte salteño.
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