A los 23 años y embarazada de 4 meses, le detectaron cáncer: “con cada quimio ella dejaba de patear”

Viernes 31 de Mayo de 2024, 12:32

En el momento más feliz de su vida, Agustina tuvo que atravesar esta enfermedad con el temor de que su hija naciera con secuelas.



Agustina Iparraguirre tenía 23 años cuando quedó embarazada. Hacía tres que se había puesto de novia con Ariel, a quien había conocido en el trabajo. Él era profesor gastronómico y ella administrativa.

Al principio, se hicieron amigos y formaban parte de un grupo más grande. Sin embargo, con el tiempo se fueron encontrando de otra manera y en 2008 se pusieron de novios. Al año se fueron a vivir juntos y el deseo de formar una familia comenzó a tomar cada vez más forma. El embarazo, cuenta Agustina, fue la noticia más hermosa del mundo para la pareja.

Le detectaron un cáncer linfático. “En cada aplicación de quimio que me  daba, ella dejaba de patear” - LA NACION

La peor pesadilla

En pleno embarazo, durante algunas semanas Agustina estuvo con síntomas gripales. Sobre todo, una tos que no se le iba, mucho dolor de espalda y cansancio.

Como por aquel entonces en el país aparecían los primeros casos de la Gripe A, la internaron creyendo que ese era su diagnóstico.

“Me llevaron a la clínica para chequearme, me hicieron estudios y ahí saltó que tenía liquido en el pericardio. Estaba complicada y decidieron dejarme en Terapia Intensiva unos días. Estando internada me hicieron una biopsia en uno de los ganglios del cuello y me comunicaron que podía tener una enfermedad linfoproliferativa, pero que había que esperar los resultados de la biopsia”.

A los 15 días, Agustina recibió los resultados: Linfoma de Hodking en un estadio IIB. “Escuchar que tenía cáncer linfático fue devastador. Hacía poco tiempo había perdido a mi papá por un cáncer de pulmón y yo estaba embarazada de cuatro meses. Se me puso el mundo patas para arriba. Fue muy duro asimilarlo y prepararme física y mentalmente para atravesarlo”, confiesa.

Cesárea en la semana 32: “Respiró solita”

A raíz de su situación los médicos decidieron que realizara el tratamiento de quimioterapia, pero en dosis más bajas para afectar lo menos posible el embarazo y llegar a término. Además, le dieron corticoides para fortalecer los pulmones de Alma y así permaneció hasta que pudo dar a luz.

“Nos dijeron que podía haber secuelas. Fue un embarazo cargado de emociones y muchas veces de miedo. Porque cada aplicación de quimio que me daba, ella dejaba de patear. A veces, algunas horas, a veces eran días. Fue angustiante”.

En la semana 32 se detuvo el crecimiento de su beba e irremediablemente tuvo que ir a una cesárea. “Por suerte, nació más fuerte que todos nosotros juntos. Era diminuta, 1,250 kilogramos y 35 centímetros, chiquita, pero con la fuerza de un huracán. Nació sana, con los ojos bien abiertos, respiró solita. Una genia”.

Alma nació el 2 de julio de 2010 y Agustina dice que fue el momento más lindo de su vida, pese a todo lo que estaba viviendo. “Nació con tanta fuerza, gritando tanto que llenó ese quirófano de luz. Iluminó todo. Imposible describirlo. Toda chiquita que se hizo enorme. Cuando la vi por primera vez sentí que todo tenía sentido. Que valía la pena haber luchado y que no podía bajar los brazos. Ella me enseñó el poder del verdadero amor y lo fuerte que uno puede ser”.

“Me aferré a la vida como pude”

Durante las primeras quimios, Agustina cuenta que se aferró a su hija que estaba por nacer. No podía darse por vencida y soñaba con la oportunidad de conocerla, de mirarla a los ojitos, de escuchar su llanto.

Pero cuando Alma nació y tuvo que seguir con el tratamiento, ya con las dosis altas, le resultó más difícil afrontar esa parte del proceso que aún necesitaba transitar para poder curarse. “Creo que me aferré a la vida como pude. No quería que ella creciera sin su mamá y yo no quería perderme de verla crecer”.

Agustina realizó cuatro protocolos de quimioterapia y para finalizar varias sesiones de radioterapia. En ese momento le dijeron que la enfermedad había desaparecido y que para sellar el tratamiento era necesario un trasplante autólogo de medula. En abril del 2012 recibió el alta definitiva.

Le detectaron un cáncer linfático. “En cada aplicación de quimio que me  daba, ella dejaba de patear” - LA NACION

Agustina mamá

Trato de ser mi mejor versión día a día. Creo que recién hace unos años, cuando algunas heridas comenzaron a sanar, pude empezar a disfrutar más. Al principio, me costó porque los dos primeros años de vida de ella yo fui prácticamente una desconocida, vivía en los hospitales y era muy poco el tiempo de calidad que pasábamos juntas. Ella lo sintió y también le costó vincularse conmigo cuando ya todo había pasado. De a poco nos fuimos acostumbrando a tenernos cerca, a ser madre e hija y a disfrutarnos.

Su relación con Alma

Hoy somos las más compinches, tenemos el mismo carácter, así que también tenemos nuestros encontronazos, pero hablamos de todo, nos acompañamos.

Las dos jugamos al vóley y somos fan una de la otra. Nos une la misma pasión por la música, ella toca el piano, yo la guitarra y ambas cantamos. Estamos construyendo un vínculo hermoso.

Hace un tiempo que Agustina comenzó a plasmar en su computadora 23 abriles, un libro en el que relata en primera persona todo lo que vivió durante todos esos años que fue cargando en su espalda. Tenía que canalizar todo el enojo y el miedo acumulado, como así también la experiencia maravillosa de ser la mamá de Alma. ¿Cómo fue el proceso de escritura?

Tardé varios años en terminarlo. Iba escribiendo cada vez que sentía la necesidad de hacerlo y muchas veces tuve que frenar porque era tan fuerte el recuerdo que se sentía hasta en la piel.

Escribir implicó empezar a desanudar, a soltar y a llorar todo lo que no lloré durante más de 10 años. Me permití ser persona y sentir lo que necesitaba sentir. Escribir fue el comienzo de mi verdadera recuperación.

¿Qué sentís al mirar la historia 14 años atrás?


A veces no caigo en todo lo que me tocó vivir. Algunas cosas parecen realmente de película. Pero creo que lo que aun hoy me sigue asombrando, es la capacidad que tenemos de sacar fuerzas hasta de donde no las hay, lo fuertes que podemos llegar a ser y cuanto tenemos por aprender.

¿Qué te enseñó toda esa experiencia?

Esta historia me trajo mucho dolor y fue lo más duro que tuve que vivir, pero me obligó a transformarme. Me enseñó del amor propio, hizo que me hiciera preguntas a mí misma que, quizás, nunca me hubiera hecho. Me obligó a trabajar hasta el cansancio con mis emociones, aprender a reconocerlas, a gestionarlas. Me enseñó a ver la vida de otra forma, a valorarla y a disfrutarla por sobre todas las cosas. Somos instantes.

Qué le dirías a quienes se encuentran atravesando una enfermedad oncológica


Que nunca se den por vencidos, ni siquiera cuando todo parezca apagarse. Que, incluso, en la oscuridad más intensa siempre hay un rayito de luz. Que no están solos, que se permitan ser en todos los sentidos. Ser fuertes es también ser humanos. Que darle paso a las emociones que nos atraviesan es una forma de liberarnos y de estar más livianos para afrontar lo que haya que afrontar. Y que uno no sabe lo que es ser fuerte hasta que ser fuerte es la única opción posible. Hay que creer que siempre hay un nuevo amanecer. /La Nacion