Sábado 10 de Enero de 2026, 12:48
A finales de la década del 80, cuando hablar de nieve o hielo parecía una fantasía lejana en el norte argentino, Tucumán tuvo su propia pista de patinaje sobre hielo. Se llamaba Winner y funcionó desde 1987 en calle Junín al 600, en pleno Barrio Norte, convirtiéndose rápidamente en una atracción inédita para la provincia y en un punto de encuentro que marcó a toda una generación.El recuerdo volvió a cobrar vida a partir del testimonio de Miguel Ángel Migra, patinador e instructor que formó parte del staff de la pista y que reconstruyó aquella experiencia en diálogo con LV12. “Fue mi primer trabajo. Yo soy patinador de toda la vida y sigo teniendo un club, aunque hoy es de patín sobre ruedas. En ese momento, una pista de hielo en Tucumán era algo impensado, un sueño hecho realidad”, relató.
Winner no solo sorprendía por la novedad del hielo, sino también por sus dimensiones. A diferencia de las pistas sintéticas o reducidas que se conocen hoy, se trataba de un espacio amplio, con una ambientación cuidada que transportaba a otro clima apenas se cruzaba la puerta. “Entrabas y ya estabas en el mundo del patín. Para la época, era realmente mágico”, recordó Migra.
El armado del equipo de instructores no fue improvisado. Según contó Migra, los responsables de Winner realizaron un casting entre patinadores locales para evaluar no solo la destreza, sino también la capacidad de enseñar. Las pruebas se hicieron en el Palacio de los Deportes, y participaron seis jóvenes de la misma escuela que entrenaban habitualmente en el Complejo Ledesma.
Una vez seleccionados, el desafío fue adaptarse al hielo. “La técnica de patinar sobre hielo es muy distinta a la del patín con ruedas”, explicó. Por ese motivo, Migra viajó a Buenos Aires para capacitarse en una pista profesional, donde tomó clases con un instructor especializado. Ese aprendizaje luego fue replicado en Tucumán para formar al resto del equipo y garantizar un nivel adecuado en la enseñanza.
Hockey sobre hielo y torneos regionalesEl crecimiento de Winner fue rápido. En 1988, apenas un año después de su apertura, se conformó un equipo de hockey sobre hielo, dirigido por Miguel Flores. Con los mismos patinadores que entrenaban a diario en la pista, comenzaron a organizarse campeonatos y exhibiciones.
“Había torneos de patinaje artístico y de hockey. Venían equipos de Salta y de Buenos Aires. Para Tucumán era algo completamente nuevo, y despertaba mucha curiosidad”, recordó Migra. Durante un breve período, la provincia se convirtió en una referencia regional de un deporte prácticamente inexistente en el interior del país.
Pese al éxito y al entusiasmo del público, el proyecto no logró sostenerse en el tiempo. El principal problema fueron los reiterados cortes de energía eléctrica que afectaban a la provincia en aquellos años. “Las máquinas eran gigantescas. Si tenías dos horas sin luz y después solo cuatro con suministro, no alcanzaba para mantener el hielo. La pista directamente no se hacía”, explicó Migra. Esa inestabilidad terminó golpeando de lleno al funcionamiento y provocó, con el tiempo, el cierre definitivo.
Más allá del final, Winner dejó una huella emocional profunda. Además del deporte, la pista era escenario de fiestas, cumpleaños y celebraciones especiales, especialmente en fechas como el Día de la Primavera. “Apagaban las luces y ponían luces de colores. Era como un boliche sobre patines. A veces escucho esa música y vuelvo automáticamente a Winner, a esa época”, confesó.
Hoy, casi cuatro décadas después, la pista de hielo de Junín al 600 sobrevive en la memoria colectiva como una rareza irrepetible. Un experimento audaz, adelantado a su tiempo, que convirtió por unos años a Tucumán en un rincón inesperado del hielo. “No sé si volveremos a tener algo así en la provincia”, concluyó Migra. Para muchos, Winner sigue siendo sinónimo de una época en la que lo imposible, por un rato, fue realidad.
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