Sábado 10 de Enero de 2026, 15:46
El interés mundial por prolongar la vida con buena salud empuja a la ciencia a revisar qué estrategias nutricionales podrían ayudar a frenar el deterioro asociado al paso del tiempo. En ese marco, un análisis difundido por la Sociedad Española de Medicina Antienvejecimiento y Longevidad (SEMAL) pone el foco en cinco nutrientes que concentran el mayor respaldo científico actual por su posible rol en la prevención de enfermedades crónicas y en la mejora de la calidad de vida.
El trabajo cuenta con el aval del médico Ángel Durántez Prados, vocal de la entidad, quien remarca que, aunque gran parte de la evidencia proviene de estudios en animales, los primeros ensayos en humanos ofrecen señales alentadoras.
Según el informe, estos compuestos son los únicos que muestran resultados consistentes en investigaciones recientes. Durántez Prados subraya que una nutrición bien orientada puede influir en el retraso de procesos ligados al envejecimiento y al desarrollo de patologías crónicas, aunque advierte que no existen soluciones mágicas ni universales.
Entre los nutrientes analizados aparece el resveratrol, uno de los geroprotectores más estudiados. Presente en uvas y frutos rojos, este polifenol es reconocido por sus propiedades antioxidantes y antiinflamatorias, con efectos favorables sobre la salud cardiovascular y metabólica.
Los estudios en animales continúan mostrando beneficios en marcadores de envejecimiento, mientras que en humanos los resultados son más moderados: algunas mejoras en el perfil lipídico, el control de la glucosa y la función endotelial, pero sin pruebas concluyentes de que aumente la longevidad. Su acción se asocia a la modulación de las sirtuinas, especialmente SIRT1, aunque los ensayos clínicos arrojan resultados heterogéneos y todavía no hay consenso sobre dosis ni indicaciones generales.
Otro compuesto destacado es la quercetina, un flavonoide abundante en cebolla, manzana, brócoli y cítricos. Investigaciones recientes la señalan por su capacidad antioxidante y antiinflamatoria, y por su rol como senolítico, al contribuir a eliminar células envejecidas que se acumulan y dañan los tejidos.
En modelos animales, combinada con ciertos fármacos, mejoró la supervivencia y la función física. En humanos, algunos ensayos reportaron descensos en la presión arterial y el colesterol, además de una reducción de células senescentes en personas con diabetes, lo que abre líneas de estudio en enfermedades metabólicas y pulmonares vinculadas al envejecimiento.
La vitamina B3 y sus derivados —niacina, ribósido de nicotinamida y mononucleótido de nicotinamida— también ocupan un lugar central en el análisis. Presentes en carnes, pescados, legumbres y cereales, estos compuestos cumplen un papel clave en la restauración de los niveles celulares de NAD+, un cofactor esencial para la producción de energía, la reparación del ADN y la activación de sirtuinas.
En animales, los estudios mostraron mejoras musculares, cerebrales y cardiovasculares. En humanos, los primeros ensayos clínicos evidenciaron que la suplementación eleva el NAD+ sin efectos adversos relevantes y puede impactar positivamente en la presión arterial, el metabolismo energético y la composición corporal, aunque se esperan resultados de investigaciones más avanzadas para confirmar estos beneficios.
La vitamina D, ampliamente conocida por su importancia en la salud ósea, aparece como otro pilar en la prevención del deterioro asociado a la edad. Su déficit afecta a una proporción muy elevada de adultos mayores, especialmente en personas institucionalizadas.
Además de prevenir la osteoporosis y la osteosarcopenia, un aporte adecuado contribuye a reducir la inflamación, el estrés oxidativo y el deterioro del sistema inmunológico, factores estrechamente ligados al envejecimiento y a un mayor riesgo de infecciones.
Completa la lista la glicina, un aminoácido no esencial presente sobre todo en el tejido conjuntivo de carnes y pescados. Estudios experimentales indican que su consumo, solo o combinado con N-acetil-cisteína, se asocia a mejoras en la función mitocondrial, la salud cardiovascular y la capacidad física, además de un aumento de la longevidad en modelos animales.
El informe concluye con una advertencia clara: estos nutrientes deben entenderse como un complemento dentro de una alimentación equilibrada y un estilo de vida saludable, y no como sustitutos de hábitos básicos ni de tratamientos médicos. Durántez Prados recomienda adaptar cualquier suplementación a cada persona y aguardar los resultados de los estudios en curso antes de generalizar su uso, en un campo donde la ciencia avanza, pero aún no tiene todas las respuestas.